sábado, 26 de mayo de 2018

¿Será una Malfoy?


POV Autora
Draco abrió los ojos, y sonrió. Estaba feliz; era domingo, pero no estaba feliz porque era domingo, el rubio estaba feliz porque ese domingo, Lucius Malfoy, su padre, vendría al colegio. Y él le tenía preparado una bonita sorpresa.
Volvió a sonreír.
El día anterior le había pedido a “la bastarda” —como él llamaba a Cygnus— un favor.

Flashback
Cygnus entró refunfuñando en su sala común, se sentó en uno de los sofás y cruzó los brazos sobre su pecho.
Draco que estaba sentado frente de ella, levantó la cabeza y la observó detalladamente. No había dudas, esa chica era su hermana, notaba todos los genes Malfoy en ella, esos ojos, esas poses, la manera de hablar…
—¿Qué tanto me miras? —escuchó que la chica le hablaba en un tono molesto.
Draco no respondió al instante. Él solo la miraba con más insistencia, Cygnus había fruncido el ceño. ¿Cómo la hija fuera del matrimonio de su padre podía tener un gesto tan parecido al de Hermione? ¿Qué rayos estaba pasando?
—¿Quieres un autógrafo o una foto? —había demasiado sarcasmo en la voz de Cygnus.
—¿Qué? —preguntó Draco, el también parecía estar de mal humor.
—¿Qué si quieres un autógrafo o una foto? —repitió la rubia.
Draco frunció el ceño, se había perdido, no sabía de qué diablos le hablaba la chica.
—¿Puedes dejar de mirarme? ¿O es acaso que te gusto?
Draco repentinamente se sintió asqueado ante tal pensamiento, de ella y él juntos —Cygnus también se sintió asqueada en el mismo momento en que hizo esa pregunta—; y le iba a contestar de la manera más fría posible, pero luego recordó su plan, así que respirando profundo, respondió lo más amable que podía.
—Tal vez, ¿eso te molestaría?
—¡Sí! —respondió al instante la rubia.
—¿Por qué? —cuestionó Draco.
Cygnus rodó los ojos.
—Tienes prometida, ¿sí recuerdas a Greengrass, cierto?
—¡Cállate! Ni siquiera la menciones —advirtió el rubio—. Y ella no es mi prometida.
Cygnus sonrió socarronamente.
—Pues ella dice todo lo contrario. Y según escuche por ahí, Greengrass ha amenazado a todas chicas de Slytherin, diciéndoles que, si se atrevían a poner sus ojos en ti, les iba a ir muy mal.
—Maldita sea —murmuró Draco.
Voy a tener que volver a ponerle las cosas claras a Astoria, o sino esa tonta podría meterme en problemas con Hermione, pensaba el Draco.
Ambos rubios se mantuvieron en silencio unos minutos, solo se escuchaba algunos murmullos de los chicos de otros cursos.
—¿Por qué estás tan molesta? —preguntó Draco, rompiendo el silencio.
—Yo podría preguntarte lo mismo —contra atacó la rubia.
Draco la miró y sonrió arrogantemente, lo mismo hizo ella; y si algunos de los chicos de la sala común les hubiera prestado atención se habrían dado cuenta de que ambas sonrisas eran idénticas.
Por su parte ninguno de los dos iba a decir en voz alta el motivo de su molestia —otro aspecto parecido que tenían—. Draco estaba molesto porque Astoria no lo dejaba tranquilo, siempre andaba muy… melosa —ese era el adjetivo más decente que había encontrado— con él, es más, hace unos momentos había hecho un esfuerzo sobrehumano para no lanzarle un Petrificus Totalus para que dejara de pegarse a él. Mientras que Cygnus estaba enojada por todos esos chismes acerca de su padre y su “supuesta amante”. Y aunque ella conocía muy bien a su padre y sabía que él era un hombre incapaz de hacer alguna bajeza como esa, eso no quería decir que no le molestara que hablaran mal de su padre, y lo que más le molestaba era que en algún momento esos chismes podrían llegar a oídos de su madre, y ella temía que su se pusiera mal y peligrara la vida de su hermano.
Estúpidos chismes y estúpidas chismosas, pensaba Cygnus con amargura.
—Cygnus —dijo Draco llamando la atención de la rubia—. Te puedo pedir un favor —su voz sonó como si en verdad necesitara ayuda, y él quiso abrazarse a sí mismo por tal actuación.
—Depende —contestó la rubia.
—No es difícil —el rubio hizo una pausa, dándole dramatismo a su actuación—. Veras mañana viene mi padre —cuando menciono a su padre, Draco observó a Cygnus, tratando de descubrir en ella algún signo de nerviosismo, pero para su mala suerte nada ocurrió, la rubia no hizo ningún gesto—, para tratar unos asuntos… y quería pedirte, si podías entregar unos libros a Madame Pince, mientras yo voy a entregarle una tarea a Snape.
Cygnus lo miró con ojos entrecerrados.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque no quisiera hacer esperar a mi padre, no se pone de muy buen humor si lo hago esperar. Como sabrás, ¿no?
—¿Por qué habría de saberlo? Yo no conozco de nada a tu padre —replicó la chica.
Eso dices tú, bastarda, pensaba Draco.
—Sí, por supuesto —contestó Draco no dándole importancia—. Pero ¿puedes hacerme ese favor?
Cygnus suspiró.
—Sí, no veo porque no.
Fin de Flashback

El día paso tranquilo en la escuela de Magia y Hechicería, el ambiente ameno, sin guerras ni locos maniáticos queriendo controlar el mundo mágico. Solo unos cuantos chismes se regaban por la escuela: Harry Potter y su supuesta infidelidad.
Todos almorzaban en el Gran Comedor. Mientras que, en la casa de los leones, Ginny Weasley estaba de mal humor notando nuevamente las miradas sobre ella y los cuchicheos.
—No soporto esto —dijo levantándose de la mesa para luego dirigirse a la salida del Gran Comedor.
—Ginny —dijo Harry y siguió a su pelirroja.
Ron negó con la cabeza, pero siguió comiendo.
Por su parte Hermione miraba de vez en cuando a un rubio de la mesa de las serpientes, y este también la miraba, pero más disimuladamente. Ella le sonrió y le guiñó un ojo, para segundos después levantarse de su mesa y salir por las puertas del Gran Comedor.
—¿Adónde vas? —le preguntó Ron a Hermione, cuando termino de masticar y tragar.
—A la biblioteca —respondió la castaña, sin dar tiempo a su amigo de hacer otra pregunta.
Unos cinco minutos después Draco la siguió a Hermione a su lugar secreto: La Sala de los Menesteres.
Cygnus caminaba distraída cuando de pronto se chocó con Draco, ella se tambaleó, pero se estabilizo rápidamente.
—Lo siento —le dijo Draco sin siquiera mirarla.
La rubia se encogió de hombros y siguió su camino al Gran Comedor.
Cuando ya estaba dentro del Gran Comedor, se sentó junto a Theo.
—¿Adónde iba Malfoy? —le preguntó a su castaño amigo—. Me acabo de chocar con él, ni siquiera me miró, se disculpó, pero siguió con su camino. Parecía ansioso.
—No lo sé —respondió Theo—, simplemente se levantó y salió sin decir nada, no le hagas mucho caso, él es así.
El almuerzo siguió, pero una castaña en la mesa de las serpientes no dejaba de darle vueltas al mismo pensamiento: ¿Adónde se había ido Draco? Y, sobre todo, ¿con quién se iba a encontrar?

***

Horas más tarde Cygnus Potter regresaba de la biblioteca, le había entregado a Madame Pince los libros que Draco había tomado prestado. Ella caminaba con parsimonia a su sala común, iba pensando sobre su situación y de lo mal que le estaba yendo su investigación sobre como regresar a su tiempo, cuando por segunda vez en el día choco con alguien, lastimosamente esta vez ella no pudo mantenerse en pie y cayó al suelo sentada.
—Ay —se quejó la rubia. Levantó la vista para ver con quien había chocado esta vez, y cuando vio con el hombre frente a ella, se quedó sorprendida, pero después sintió algo raro al verlo.
Negó con la cabeza a esa sensación.
Y detallo al hombre altivo y aristócrata, era alto, igual de alto que Malfoy, tan rubio como Malfoy —pero este hombre tenía el cabello más largo e iba sujetado a la altura de su nuca con una cinta negra de parecer muy fina—, y esos ojos grises tenían el mismo tono que Malfoy, pero había algo diferente en esos ojos, frialdad.
Sin duda alguna era el padre de Draco Malfoy.
Cygnus sin abrir la boca se levantó del suelo y sacudió el polvo de su túnica.
Por su parte Lucius Malfoy se quedó petrificado al ver a la chica frente a él —y él le hubiera reprendido a la joven por su torpeza, pero no pudo decir nada cuando sus ojos chocaron con los de la desconocida—. Sí, Lucius en menos de cinco minutos la detallo completamente, cabellos rubios platinados, piel pálida y ojos grises, solo tenía algunas diferencias, su cabello no era liso, sino era ondeado, y sus mejillas tenían cierto tono sonrosado.
Todo este encuentro era observado por Draco, que se escondía detrás de una armadura. Él esperaba con ansias que su padre y la bastarda hicieran algo comprometedor, pero nada ocurría —simplemente su padre y la rubia se observaban— y esto molestaba mucho al rubio.
Era obvio que fingirían muy bien, pensaba con amargura Draco.
Así que sin aguantarse más salió de su escondite con mucho sigilo, respiró profundo, y se acercó a ellos para poner en evidencia.
—Hola, padre —saludó Draco, con cierta ironía, que Lucius no detecto porque estaba más atento a la chica.
—Draco —dijo luego de unos segundos, y miró a su hijo como pidiéndole una explicación.
Draco sonrió para sus adentros.
—Oh, que descortés de mi parte —dijo Draco fingiendo distracción—, padre, ella es Cygnus… Potter, mi nueva compañera de casa —la presentó—, Cygnus, él es mi padre, Lucius Malfoy.
—Un gusto, señor Malfoy —dijo Cygnus estirando mano.
—El gusto es mío, señorita Potter —dijo Lucius pronunciando su apellido con cierta desconfianza a la vez que le daba un ligero apretón a la mano de la chica.
—Lamento el incidente de hace unos minutos —se disculpó Cygnus.
—No tiene importancia —respondió el rubio mayor.
A decir verdad, Lucius ya no le tomaba importancia a ese incidente, le asombro escuchar el apellido de la chica —pero escondió su asombro con una máscara de frialdad, como era su costumbre—, pero al final no pudo evitar preguntar si era familiar de Harry Potter.
—¿Potter? ¿Familiar del señor Potter?
Cygnus tuvo que mentir nuevamente ante esta pregunta.
—No, señor. Harry Potter y yo no tenemos parentesco alguno —respondió educadamente.
Lucius asintió no muy convencido. Mientras Draco no se perdía ninguna mirada o gesto de su padre y la rubia.
Luego de unos minutos de silencio, Cygnus volvió a hablar.
—Bueno, yo me retiro para que puedan hablar, y nuevamente un gusto haberlo conocido, señor Malfoy —dijo con asentimiento de cabeza.
Luego de que la rubia se marchara, Lucius miró a su hijo directamente, sabía que algo planeaba, lo conocía muy bien.
—¿Qué tramas, Draco? —le preguntó directamente.
Este se hizo el desentendido.
—No sé de qué me hablas, padre.
—Esta coincidencia con esta chica no ha sido causalidad ni tampoco tu carta donde me pedias que viniera con urgencia al colegio.
Draco asintió, se dejó de juegos y decidió hablar con la verdad.
—Tienes razón, padre, nada ha sido casualidad, pero no vamos a hablar aquí, a menos que quieras que todos lo que pasen por este pasillo nos escuchen —siseó.
Lucius miró con severidad a su hijo.
—Espero que mi visita no haya sido en balde, porque te juro, Draco…
—Tu visita no será en balde, padre.
Lucius observó con esos ojos penetrantes a su hijo, detestaba que lo interrumpieran.
Luego ambos rubios se encaminaron a la habitación del Malfoy menor. Este le puso un hechizo silenciador a su habitación cuando ya se encontraban en el.
—Ahora sí, habla de una vez, Draco —lo urgió su padre.
—¡Eres un traidor! —espetó Draco.
—¿Qué dijiste? —siseó Lucius a su hijo—, ¿cómo te atreves a faltarme el respeto, muchacho?
—¿Respeto? —repitió Draco con ironía—, tú primero nos faltaste el respeto a madre y a mí.
Estas palabras sorprendieron mucho a Lucius.
¿De qué rayos habla?, pensaba Lucius.
—Mira, Draco, habla con claridad de una buena vez, porque no estoy de humor para tratar con chico malcriado como tú.
Draco frunció el ceño.
—Quieres que hable claro. Pues perfecto. Lo que estoy diciendo es que eres un maldito traidor por haber tenido una bastarda fuera del matrimonio y encima tienes la desfachatez de mandarla a estudiar al mismo colegio que a mí.
Lucius taladro con la mirada a su hijo, sí, una mirada que asustaría a cualquiera, una mirada indagadora, inquisidora; pero Draco estaba acostumbrado a este tipo de miradas y no le afectaba, ya no, él ya no era un niño de cinco años que se asustaba y se escondía tras su madre, él era un hombre, y como hombre le exigía una respuesta a su padre. Una respuesta que le explicara porque se atrevía a manchar más el apellido Malfoy, que acaso no estaba lo suficiente manchado desde que su familia empezó a seguir a Lord Voldemort.
—¿Bastarda? Te refieres a esa chica que acabo de conocer…
—¡No seas hipócrita y reconoce que es tu hija! —gritó Draco.
Ahora Lucius entendía la reacción de su hijo. Draco pensaba que esa chica Potter era su hija.
—Esa chica no es mi hija, Draco —dijo con firmeza Lucius—. Tú eres mi único hijo, aunque ahora estoy dudando de eso, actúas como idiota.
Draco rió con sarcasmo.
—Sí, claro.
—Te repito que esa chica no es mi hija, esta es la primera vez que la veo en mi vida, además se apellida Potter.
—Sí, porque tuviste la maravillosa idea de cambiarle el apellido. Pero a leguas se nota que es tu hija, es idéntica a ti, ¿acaso no la has visto?
—También se parece a ti, y no por eso insinuó que es hija tuya —siseó Lucius.
—¿Hija mía? Eso es lo que dirás para librarte de culpas, padre —escupió con todo el veneno posible.
Lucius se sentía confundido con el parecido de Cygnus a los Malfoy, y si no fuera porque un Malfoy nunca se enredaría con otra mujer después de estar casado, hasta él mismo creería que era su hija.
Y ni siquiera él tenía más familia que su esposa y su hijo. No había hermanos, primos, sobrinos a quien culpar por la paternidad de esa chica, y lo peor de todo se apellidaba «Potter». ¿Qué clase de broma era esta?
—No seguiré hablando contigo, Draco, ahora estás muy alterado, pero te aseguro que esa chica no es mi hija. Averiguaré quienes son sus padres si con eso te sientes más tranquilo.
—¡ERES UN MENTIROSO, POR SUPUESTO QUE ESA BASTARDA ES TU HIJA! —gritó.
Lucius no contestó a las acusaciones de su hijo, lo único que hizo fue salir de la habitación del rubio. Y cuando llego a la sala común se encontró con Cygnus sentada frente a la chimenea leyendo un libro.
Lucius no pudo evitar detallarla por un rato.
La rubia giró su cabeza al sentir que era observada, y se topó con la mirada de Lucius Malfoy. Ella le sonrió inconscientemente y esto era raro, porque ella nunca les sonreía a personas que recién acababa de conocer. Sin saber que esta sonrisa confundiría mucho más a Lucius.
Esa sonrisa es igual a la de Draco, pensó el hombre.
La rubia dejo el libro sobre el sofá y se acercó a Lucius.
—¿Se encuentra bien, señor Malfoy? —preguntó Cygnus al ver a Lucius más pálido de lo que lo había visto hace unos momentos.
—Sí, me encuentro bien —respondió con altivez, volvió a observarla. Lucius observó tan penetrantemente a la chica que inmediatamente las mejillas de la chica empezaron a teñirse de carmesí—, que tenga una linda tarde, señorita —para luego salir de la sala común.
—Qué hombre tan raro —murmuró Cygnus.

***

Ya habían pasado varios días desde la visita de Lucius Malfoy, y desde ese día Draco paraba de mal humor, y también solía desaparecer muy seguido.
Astoria había intentado muchas veces hablar con él, pero Draco la evadía cada vez que podía. Y una vez que le preguntó a donde se metía cada vez que desaparecía, él le contestó de mala manera: «Metete en tus asuntos, Greengrass».
Pero ni siquiera eso la hizo desistir, ella quería saber a dónde iba Draco, y porque regresaba de mejor humor, eso la hizo sospechar de qué se trataba de una mujer.
—Ninguna maldita me quitara a mi hombre —susurró Astoria una noche que vio entrar a Draco a su sala común, con una sonrisa que nunca había visto en él antes.
Así que desde esa noche Astoria decidió ser la sombra de Draco, siempre lo vigilaba, pero para su disgusto el rubio se comportaba naturalmente el en Gran Comedor y en su sala común, lastimosamente no podía vigilarlo en clases, y sonsacarle información a su hermana era difícil, ya que su hermana se empecinaba en que debía fijarse en alguien más y que dejara en paz a Draco.
—Maldita, maldita, maldita —refunfuñaba Astoria, en una zona de su sala común donde no alumbraba mucho.
—¿Para quién son tus halagos, querida? —preguntó burlonamente Zabini.
Astoria se volvió lentamente y le dedico una mirada fría al moreno. Este ni se inmuto, es más sonrió.
—Lárgate de aquí, Zabini —siseó la chica.
—Esta también es mi sala común, mi amor.
Astoria apretó los puños, volvió a observarlo de mala manera y cuando se disponía a levantarse e irse, la mano de Zabini la tomo por la muñeca.
—Tal vez yo pueda ayudarte —dijo de una forma insinuante.
—Hoy día no tengo ganas. Me repugnas —dijo Astoria haciendo una mueca de asco, pero sin intentar soltarse del moreno.
Zabini soltó una carcajada, llamando así la atención de unos chicos de tercero.
—Suéltame, imbécil —susurró Astoria.
—No seas tan arisca, mi amor —dijo Zabini a la vez que empezaba a hacer caricias en la muñeca de Astoria—. Y yo que te tenía una buena noticia —Astoria alzo una ceja de manera interrogativa—, sobre tu “prometido”.
—¿Draco? ¿Qué sabes de él? —preguntó con ansiedad.
Zabini sonrió
—¿Me darás mi recompensa cuando te diga lo que he averiguado?
Astoria sonrió con coquetería.
—Por supuesto, Blaise —aseguró con voz melosa—. Pero por favor, anda, dime lo que sabes de Draco.
—Bien, como te he visto tan desesperada. Querida debes controlarte más —aconsejó, mientras que Astoria sonreía por fuera quería matar a Zabini por dentro—. tú has querido saber dónde se metía Draco cuando desaparecía —hizo una pausa midiendo la paciencia de la chica—, pues como yo lo conozco más que tú; esto no te va a gustar…
—Quieres decirme de una vez que es lo que sabes —dijo Astoria fingiendo amabilidad.
—Está bien, tu querido Draco se la pasa metido en esa sala del séptimo piso, ¿cómo era que se llama? —preguntó.
—La Sala de los Menesteres —recordó Astoria.
Zabini asintió.
—Sí, pues bueno, Draco se la pasa allí con una compañía que creo que no será de tu agrado —cizañó.
—¿Con quién? —se apresuró a preguntar Astoria.
Zabini se quedó callado, disfrutando de la ansiedad de Greengrass.
—¡Dímelo de una vez!
—No, creo que será mejor que tú lo averigües por ti sola.
Astoria no dijo nada más y nuevamente se iba a levantar para irse, pero nuevamente Zabini la detuvo.
—Ya no está allí, lo vi salir a él y a su amiguita hace rato. Mejor espera a mañana.
—Déjame —dijo Astoria.
—No, mi amor, me debes mi premio —dijo Zabini mirando lascivamente de pies a cabeza a Astoria.
Astoria hizo un gesto de molestia.
—Pero antes dime, ¿cómo supiste donde estaba Draco? —preguntó.
—Pues muy fácil, cariño. Yo si presto atención a esas señales que pasan desapercibidas para otros —contestó Zabini con una sonrisa de triunfo—. Ahora sí, quiero mi premio.
—Está bien, vamos —dijo Astoria, y muy sigilosamente Zabini y Astoria se dirigieron a la habitación del primero.

***

En otra parte del castillo, más exacto en el baño de chicas; Ginny Weasley entraba al baño, cuando de pronto escucho una conversación.
—¿Y se les ha vuelto a ver juntos? —preguntó Padma Patil.
—Sí, pero nada comprometedor —le contestó su melliza.
—No sabes cómo me indigna todo esto, engañar a una chica como ella —dijo Susan Bones.
—Todos son iguales —dijo Padma.
¿De quién hablan? ¿A qué chica engañan?, se preguntaba Ginny.
—Pero ¿por qué? No lo comprendo —dijo una chica de sexto curso, del cual Ginny no reconoció la voz—, que le vio a esa serpiente.
—Tienes que reconocer que la chica es hermosa —dijo Susan—, casi parece una muñeca. ¿Le habéis visto como le brilla su larga cabellera rubia?
—¡Susan! —le reprochó la voz de Hannah Abbott—. La belleza no lo es todo, y los sentimientos ¿qué?
—¡Además, Ginny también es muy hermosa!
Ginny quedó petrificada cuando escucho su nombre de los labios de… ni siquiera podía saber quién era la chica que había dicho su nombre. Lo único que sentía era un tremendo dolor que se instaló en su corazón.
¿Acaso estaban tratando de decir que Harry… que su Harry la engañaba con otra?
No, no, eso no podía ser verdad, de seguro que no lo era. Simplemente no podía creerlo. Harry no la engañaría, él no había cambiado con ella, él seguía igual de amoroso y atento —inclusive más desde que se enteró que estaba embarazada—. Él no podía hacerle esto ahora cuando estaban a punto de formar una familia.
Las lágrimas empezaron a resbalarse por sus mejillas, mientras se negaba a creer lo que había escuchado.
—Esa maldita serpiente —dijo Parvati—. Desde que llego a Hogwarts se hizo muy cercana a Harry. No puedo creer que hasta haya puesto sus pies en mi sala común.
—Las serpientes nunca dejaran de ser lo que son. Y Cygnus…
—Cygnus —repitió Ginny con asombro—. No con ella.
Y de pronto todo se le puso negro a Ginny, y cayó al suelo en un golpe sordo. Las chicas que estaban aún hablando, pararon para correr hacia el sonido del golpe. Y cuando vieron a Ginny Weasley tirada en el suelo, todas se miraron con culpabilidad.
—¿Crees que nos haya escuchado? —preguntó Susan, con temor en la voz.
—No lo sé —respondió Hannah sin quitar la vista de Ginny.
—Eso no importa —les dijo Parvati—. Debemos llevarla a la enfermería.


jueves, 17 de mayo de 2018

¿Harry Potter? ¿Infiel?


POV Autora
Draco Malfoy —sentado en su sillón favorito de su sala común— sonrió con la carta que tenía entre las manos. Carta que le había enviado su padre, confirmando su visita a Hogwarts, el fin de semana.
—¡Por Merlín! —exclamó el rubio, acomodando sus pies en la mesilla que estaba frente a él—. Padre este fin de semana te llevaras una gran sorpresa —dijo, y sus grises ojos brillaron con un toque de misterio—. Al igual que tu bastarda. Prepárate, padre, prepárate. Ni siquiera te imaginas lo que te espera —soltó una risa.
—¿Por qué ríes, Draco? —preguntó Theo, acercándose a su amigo y tomando asiento en el otro sillón.
Draco miró a su amigo castaño.
—Porque estoy feliz —respondió con simpleza el rubio.
—¿Qué hiciste? —preguntó nuevamente Theo. El castaño se conocía esa risa a la perfección, porque siempre que escuchaba reír de esa manera a Draco, era porque había hecho algo, o porque lo estaba planeando.
—Quitarle la chica a uno de sus “amigos” —respondió Blaise, antes que el rubio.
Ambos chicos miraron al moreno, no lo habían escuchado entrar a la sala común. Theo miraba a Blaise y luego a Draco —que tenía una mirada de frialdad— por su parte Draco miraba a Blaise no solo con frialdad, sino también con resentimiento y hasta odio.
—Yo no te quite nada. Si no te has dado cuenta, yo no tengo la culpa de que no seas lo suficientemente hombre como para conquistar a una mujer —escupió el rubio, como toda una serpiente escupiendo su veneno.
Blaise sacó su varita de su túnica y apunto al rubio. Este al verlo rió por la actitud del moreno, pero ni siquiera hizo el ademan de sacar él también su varita.
—Vas a atacarme, amigo mío —dijo Draco, aun riendo—, pues adelante —abrió sus brazos esperando el hechizo.
—No abuses de tu suerte, amigo —ironizó Blaise, dando un paso más hacia el rubio.
Draco dejo de reír, para levantarse del sillón y sacando su varita apunto a Blaise.
Theo se paró al medio de los dos, tratando de impedir que se ataquen.
—Blaise baja la varita —ordenó Theo, pero el moreno se resistía.
—No te metas en esto, Theo, no es tu asunto —gruñó Blaise.
Draco rió.
—Baja la varita, Blaise —volvió a ordenar Theo—. Y tú, Draco deja de reírte, y también baja la varita.
—¿Por qué habría de hacerlo? —dijo Draco, arrastrando las palabras al hablar.
En ese momento las hermanas Greengrass junto con Pansy entraron a la sala común.
—¿Qué sucede? —preguntaron las hermanas Greengrass.
—¿Por qué están discutiendo esta vez? —preguntó Pansy.
Ninguno de los tres chicos contestó, porque dos de ellos se miraban como queriendo matarse, mientras que el otro estaba pendiente de los otros dos.
—¿Qué sucede? —preguntó Astoria, pero ahora más demandante.
—Nada —respondió Draco, pero sin bajar la varita—. Al parecer Blaise quiere jugar a la guerrita.
Blaise rechino los dientes enojado.
Daphne se acercó al moreno.
—Vamos, Blaise, baja la varita —dijo la rubia, colocando una mano sobre la de Blaise, y poco a poco este fue bajando la varita—. Salgamos de aquí —dijo Daphne.
Blaise asintió. Y Daphne suspiró, dando gracias a Merlín de que el moreno le haya hecho caso, porque conociendo el carácter de Draco y Blaise, eso era un verdadero logro que uno de ellos haya hecho caso. Puesto que los dos tenían un carácter explosivo y vengativo, todos temían que, si se enfrentaban, algo muy malo pasaría.
Blaise miró a Daphne.
—Claro, preciosa —le dijo, y pasando un brazo por los hombros de la rubia, caminaron hacia la salida de la sala común, pero antes de salir, el moreno busco la mirada de Astoria y le guiñó un ojo. Ella en respuesta le sonrió ligeramente.
Pero nadie se percató de este intercambio de señas.

***

En la sala común de Gryffindor, Harry y Ron se encontraban sentados en el sofá que estaba frente a la chimenea. Y a lo lejos unas chicas de quinto, sexto y las pocas chicas de séptimo miraban a los amigos y cuchicheaban.
—¿Y a estas que les pasa? —preguntó el pelirrojo a su amigo.
Pero Harry no le contesto.
—¡Harry! —gritó Ron, llamando así la atención de su amigo.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Me hablas? —preguntó el chico de gafas.
Ron miró a su amigo —a poco tiempo de convertirse en su cuñado de verdad— con curiosidad. El pelirrojo había notado a Harry muy distraído desde que se levantaron esa mañana para desayunar.
—¿Qué no te das cuenta? —preguntó el pelirrojo, pero por la expresión del rostro del ojiverde, la respuesta era un “No”—. Las chicas están mirando a nuestra dirección y cuchichean. Están así desde ayer —agregó.
Harry presto más atención a su alrededor y luego dirigió su mirada a su amigo.
—¿Qué hiciste, Ron? —le cuestionó.
—¿Yo? No hice nada, además parece que te miran a ti, no a mí —alegó Ron en su defensa—. Así que, ¿qué hiciste tú, Potter?
—Nada —contestó Harry.
—Hola, ¿qué hacen? —en ese momento Ginny Weasley venía caminando con parsimonia, y con una sonrisa dibujada en sus labios. Llevaba la túnica y el uniforme más amplios de lo que solía usar normalmente, y es que el embarazo ya se hacía más notorio.
Harry tan solo la escuchó, puso cara de idiota.
Ron los miraba, aun no entendía como Harry podía soportar a la histérica y mal encarada de su hermana.
La pelirroja se sentó junto a Harry, y este le paso un brazo por los hombros, atrayéndola más a él. Pero ahí no quedo todo, luego vino lo peor para los ojos de Ron. La pareja se besó.
—¡Ay, por favor! Quieren dejar de hacer eso en mi presencia —dijo Ron, quien los miraba con asco.
—¡Ya supéralo, Ron! —dijo Ginny, de mal humor por la interrupción de su hermano—. Pero aún no me han dicho que hacían —preguntó cambiando de humor al instante.
Está loca, pensaba Ron, al notar el cambio de humor de su hermana.
—Nada —contestó Harry, sin dejar de mirarla.
—Todas están locas —comentó Ron mirando a las chicas, que cada vez chismoseaban más.
—¿Quiénes? —preguntó Ginny.
—Ellas —señaló Harry—. Me miran y empiezan a cuchichear.
—Pues no solo cuando te miran a ti —dijo Ginny pensativamente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ron.
—Pues que desde ayer están así, a mí también me miran y empiezan a cuchichear —dijo Ginny frunciendo el ceño.
—Lo mejor será no hacerles caso —dijo Harry.
—Sí, tienes razón —lo apoyó el pelirrojo—. ¿Y Hermione? —preguntó, luego de un rato.
—La deje en la biblioteca, junto con Cygnus —respondió Ginny.
Harry y Ron sonrieron.
Ambos se alegraban de que la rubia aprovechara el tiempo que estaría en el pasado para convivir más con su verdadera madre.
—¿Por qué sonríen? —preguntó Ginny.
—Por nada, Ginny —contestó Ron, como quitándole importancia al asunto.
—Sé que algo ocultan, no crean que no me he dado cuenta de eso.
Y mientras los tres chicos platicaban o mejor dicho Ginny queriendo descubrir el misterio en el que estaban su novio y su hermano, las demás chicas seguían cuchicheando.
—¿Estás segura de lo que dices, Parvati? —preguntó una chica de sexto.
—Sí, mi hermana y yo lo vimos con nuestros propios ojos —alegó Parvati.
—Pues yo no puedo creerlo, Harry Potter, ¿infiel? Pobre Ginny —se lamentó otra chica de sexto, viendo a la pelirroja con pena.
—Pero toda la culpa la tiene esa serpiente —dijo una chica pelinegra de quinto.
—Sí, es solo una Slytherin comportándose como una Slytherin —dijo Parvati.

***

—Bien, ya terminamos con la tarea de Transformaciones —dijo Cygnus, dando un suspiró.
—Sí, por fin ya terminamos. Pero ahora lo que tengo que hacer es un horario de estudios para los próximos exámenes y con todo eso de los EXTASIS, estoy muy nerviosa —dijo Hermione.
—Estoy segura de que los pasaras todos, eres muy inteligente —la animó la rubia.
Hermione se sonrojó, ante el cumplido.
—Tú también eres muy inteligente, Cygnus —dijo la castaña.
La rubia sonrió, y Hermione comprobó una vez más que esa sonrisa era idéntica a la de Draco. De pronto Hermione se sintió mal por la chica, se sintió apenada, porque sabía que Draco estaba planeando algo para que ella confesara que era la hija fuera del matrimonio de Lucius. Pero que podía hacer ella, cuando Draco se negaba a contarle sus planes acerca de Cygnus.
Tengo que hacer algo, para que Draco me diga que es lo que piensa hacer para que Cygnus le confiese la verdad, pensaba la castaña.
La miró de reojo, y sintió en su pecho como una punzada, era un sentimiento extraño, algo muy distinto que sentía por Harry y Ron, por ellos sentía hermandad, pero por la chica rubia aun no podía definir bien que era lo que sentía por ella. Solo sabía que la sentía muy cercana a ella.
—¿Qué te pasa? —le preguntó la rubia a su futura madre, al verla cambiar de estado de ánimo.
—Nada —mintió la castaña.
—¿Segura?
—Segura —respondió Hermione.
—¿Tienes problemas con tu novio? —le preguntó en un susurro.
Hermione negó con la cabeza.
—No, no tengo problemas con… —se detuvo justo cuando iba a decir el nombre de su novio, y Cygnus tuvo que reprimir las miles de preguntas que iban a salir de su boca. Pero, aunque la rubia considerada como único y verdadero padre a Harry Potter, tenía que reconocer que muy en el fondo de ella quería conocer sus raíces.
—¿Y qué te pasa a ti? —preguntó Hermione al ver a la rubia pensativa.
—Nada —respondió la rubia, pero al notar la mirada insistente de su madre, respondió—: bueno, en realidad… solo pensaba en mis hermanos —mintió la chica.
—Los extrañas mucho, ¿verdad? —preguntó la castaña.
—Sí, demasiado, nunca me había separado tanto tiempo de ellos —admitió Cygnus.
—Te entiendo, digo, yo soy hija única, pero si me separara de Harry y Ron por solo unos días, también los extrañaría, ellos son como mis hermanos, como los hermanos que nunca tuve —dijo Hermione.
Cygnus sonrió. Ella sentía lo mismo con James, Albus, Lily y Teddy —este último ahijado de Harry— que, aunque no eran sus hermanos de sangre, ella los quería como si lo fueran.
Se quedaron en silencio, cada una metida en sus pensamientos. Hasta que Hermione miró la hora en su reloj de pulsera, y se dio cuenta de que ya casi era la hora de encontrarse con Draco. Así que, despidiéndose de la rubia, salió a su encuentro secreto con su novio.
Cygnus suspiró.
Luego se puso a recoger sus libros, pergaminos, tinta y plumas y las guardo en su mochila.
—Hasta luego, madame Pince —dijo la rubia, la bibliotecaria asintió con la cabeza.
Y antes de dirigirse a su sala común, Cygnus, primero se fue al baño. Pero antes de entrar escuchó un comentario que le molesto mucho.
—Así que Harry Potter le está poniendo los cuernos a Ginny —dijo una chica de Hufflepuff.
—Sí. Y tan fiel que parecía, pero creo que resulto ser igual que todos los hombres —dijo una pelinegra, a la que Cygnus reconoció como Padma Patil, la hermana melliza de Parvati.
—Y lo peor de todo es que la amante es una…
Padma ya no pudo seguir hablando porque Cygnus entro al baño, con ese porte elegante, haciendo sonar sutilmente sus zapatos de tacón, eso hizo que las demás chicas se hicieran las desentendidas.
—¿Qué decías, Patil? —preguntó Cygnus, con ese tono frío que la caracterizaba cuando quería intimidar a alguien.
Todas notaron que los ojos grises de la rubia habían cambiado, de los amables que siempre eran, habían pasado a ser fríos, más fríos que el mismísimo iceberg. Y esa mirada las dejo tan descolocadas porque les recordó a la mirada de Draco Malfoy cuando solía ser un mortífago.
—Nada importante —respondió Padma—, ya nos íbamos.
Y antes de que la rubia pudiera decir algo, las chicas habían salido del baño como alma que lleva el diablo.
Cygnus pudo ir tras ellas y preguntarle si lo que habían dicho de su padre era cierto o no, pero luego negó con la cabeza, porque esa no sería una buena idea. La rubia se quedó pensando y se le preguntaba a su padre directamente.
¿Qué le diría? ¿Papá estas engañando a mamá? ¿Con quién? Sí, claro y luego de eso que, se decía Cygnus. ¿Cuál sería la reacción de su padre?, seguro se enojaría con ella por desconfiar así de él, claro y eso si luego no le volteaba la cara de una bofetada por impertinente.
—No, papá nunca me golpearía, si ni siquiera le puso una mano encima a James, y eso que él era la principal razón por la cual mis padres siempre recibían cartas de los profesores, y no precisamente cartas de felicitaciones —murmuró la chica—. Pero una buena regañada y un castigo sí que me daría.
Camino hacia uno de los grifos y mojo su cara, no haría caso a esos chismes sin fundamentos y mucho menos cuando venían de chicas sin nada que hacer. Ella conocía a su padre, y sabía que era incapaz de engañar a su madre.

***

En el año 2016 – Época actual (Hogwarts – Sala Común de Slytehrin)
—Orión, ¿dónde estabas? No te veo desde ayer. ¿Qué fue lo que paso ayer cuando Snape te llevo a la dirección junto con Potter? —preguntó Cassiopeia, sin siquiera pararse a respirar.
—Quieres callarte de una vez. Me aturdes —gritó el rubio.
La chica frunció el ceño.
—A mí no me calles —gritó Cassiopeia.
—Tan sólo déjame solo —gruñó Orión, pasando por un lado de su hermana, pero antes de que este pudiera salir de la sala común, la chica lo detuvo tomándolo del brazo.
—Quiero saber que paso —exigió.
—Bien —dijo Orión, con la mirada más fría que de costumbre—, vamos a mi habitación, el idiota de Browning está en la biblioteca.
Ambos hermanos caminaron hacia las habitaciones de los chicos. El rubio abrió una puerta, y Cassiopeia entro a la habitación, observo todo despectivamente.
La habitación era amplia, con dos comas y dos veladores, los baúles estaban al pie de cada cama, al lado izquierdo se encontraba el baño —un baño que Orión tenía que compartir con su compañero— al lado derecho estaban los closets. Y por supuesto la decoración era muy Slytherin.
—Que horrible habitación —comentó Cassiopeia.
—No te traje para que me dieras tu opinión sobre la decoración de esta inmunda habitación —dijo el rubio escupiendo las palabras.
—Cierto —apuntó la chica—. Ahora si me dirás que paso ayer.
Orión rechino los dientes, de solo acordarse la boca de le llenaba de bilis.
—Padre me humillo delante de la prole Potter, del viejo loco y del murciélago Snape.
Cassiopeia miraba a su hermano con confusión.
—¿Por qué dices eso? ¿Qué te hizo padre?
—Se atrevió a golpearme —gruñó el rubio, tocándose la mejilla, que Draco le había abofeteado.
—No puedo creerlo. ¿Y madre no hizo nada? —dijo Cassiopeia, anonadada de que su padre haya golpeado a su hermano.
—Trato, pero padre estaba irreconocible, nunca lo había visto con esa actitud.
—¿A qué te refieres con eso, Orión?
—Parecía ansioso y un poco nervioso, y me di cuenta de que de vez en cuando miraba a los padres del idiota de Potter. Era como si le quisiera preguntar algo.
Cassiopeia se quedó pensativa, al escuchar lo que le contaba su hermano.
Quizás por eso madre no me busco ayer, seguramente también notaria extraño a padre, pensaba la chica Malfoy.
—Pero de algo puedes estar segura, Cassie —la ojiverde miró a su hermano—, me voy a vengar de Potter.
—¿Y qué harás para vengarte? —preguntó con curiosidad la chica.
Orión sonrió malignamente, una sonrisa muy parecida a la de su madre, Astoria.
—Primero que nada, para atacar al enemigo hay que conocer sus debilidades, y una de las debilidades de Potter es su familia, sobre todo su hermanita desaparecida…
—Pero si la “desaparecida” sigue desaparecida, no nos servirá de nada —dijo Cassiopeia interrumpiendo a su hermano.
—Pero aún le queda otra hermana —dijo el rubio, recordando a la chica pelirroja de Gryffindor.
La castaña asintió.
—Sí, tienes razón, es una asquerosa leona.
—Bien, pues esa pelirroja, es uno de los puntos débiles de idiota ese —Orión hizo una pausa—, pero yo me conformo solo con lastimar a esa tonta pelirroja, yo quiero verlo sufrir a él, quiero causarle mucho dolor, un dolor que lo haga decaer, que lo haga sentirse miserable, que lo haga sentirse lo que es, una escoria.
Cassiopeia entiendo perfectamente a su hermano, lo miró fijamente y cuando ambas orbes verdes de los Malfoy se encontraron, no hubo necesidad de palabras, solo asintieron.
—Te ayudaré a vengarte de Potter, hermano, porque gracias a su hermanita desaparecida, no conseguí una habitación para mí sola.
Orión sonrió.
—Muy bien —aceptó el rubio.
—Bien, entonces sígueme el juego, Orión —el chico miró a su hermana—. Ya sé cómo empezar con la venganza. Y lo más importante es que los demás también crean en nosotros y en nuestros supuestos “arrepentimientos” —y antes de que Orión preguntará sobre “sus arrepentimientos”, la ojiverde continuó—, pero tú —lo señaló—, no te arrepentirás tan rápido, seré yo la que me avergüence de tu comportamiento y trate de hacerte ver tu error —Cassiopeia fingía una voz llorosa.
Orión soltó una carcajada, y luego siguió su hermana.

***

Pasadas unas cuantas horas, Cassiopeia Malfoy se encontraba sentada frente a la chimenea de su sala común, cuando de pronto vio entrar a Potter junto con Leduc —amigo del pelinegro— y a su vez Orión bajaba las escaleras con toda la elegancia de una aristócrata.
—Cassiopeia —dijo el rubio, con un tono de voz prepotente. Cosa que le pareció raro a todos los demás Slytherin, sobre todo a Albus, ya que el rubio solo le hablaba de esa manera a sus compañeros, pero no a su hermana.
—No voy a hablar contigo, ya te lo dije, Orión —exclamó la chica.
Orión se acercó a su hermana y la hizo levantarse del sofá donde estaba sentada de solo un tirón de brazo. La castaña hizo un gesto de dolor.
Albus estaba tan sorprendido que ni él ni Logan —su mejor amigo— se movieron de sus lugares.
—Déjame, Orión. Te repito no hablare contigo, me avergüenzo de tu actitud —la voz de Cassiopeia era de apenada y enojada a la vez—, y suéltame, me estas lastimando.
Pero el rubio la miró con frialdad y no la soltaba, así que Cassiopeia tirando de su brazo logro que su hermano la soltara.
—Cassiopeia… —dijo entre dientes Orión, pero no pudo seguir hablando porque su hermana lo dejo con la palabra en la boca y camino hacia donde estaba un muy sorprendido Albus.
—Potter —dijo la chica Malfoy, con un tono de voz apenado. El pelinegro la miró y frunció el ceño esperando escuchar los insultos y reclamos de la chica, pero lo que le dijo lo dejo mucho más sorprendido—. Siento mucho la actitud de mi hermano.
—Cállate, Cassiopeia, cómo te atreves siquiera a dirigirle la palabra después del ridículo que me hizo pasar ayer —gritó Orión.
Cassiopeia giró su cabeza para observar a su hermano y fingiendo soltar un sollozo, volvió su rostro a Albus.
Potter miró a la chica frente a él, y la vio a los ojos, esos ojos que antes le parecieron fríos, ahora estaban apenados y brillantes, como conteniendo las lágrimas.
Y cuando el chico Potter iba a hablar, Cassiopeia susurró un “lo siento”, y dedicándole una última mirada, camino hacia la salida de la sala común y salió.
Ya fuera de la sala común, Cassiopeia sonrió con malicia.
—Que estúpido eres, Potter. Es tan fácil engañarte —susurró.