POV Autora
Draco Malfoy —sentado en su sillón favorito de su sala
común— sonrió con la carta que tenía entre las manos. Carta que le había
enviado su padre, confirmando su visita a Hogwarts, el fin de semana.
—¡Por Merlín! —exclamó el rubio, acomodando sus pies en
la mesilla que estaba frente a él—. Padre este fin de semana te llevaras una
gran sorpresa —dijo, y sus grises ojos brillaron con un toque de misterio—. Al
igual que tu bastarda. Prepárate, padre, prepárate. Ni siquiera te imaginas lo
que te espera —soltó una risa.
—¿Por qué ríes, Draco? —preguntó Theo, acercándose a su
amigo y tomando asiento en el otro sillón.
Draco miró a su amigo castaño.
—Porque estoy feliz —respondió con simpleza el rubio.
—¿Qué hiciste? —preguntó nuevamente Theo. El castaño se
conocía esa risa a la perfección, porque siempre que escuchaba reír de esa
manera a Draco, era porque había hecho algo, o porque lo estaba planeando.
—Quitarle la chica a uno de sus “amigos” —respondió
Blaise, antes que el rubio.
Ambos chicos miraron al moreno, no lo habían escuchado
entrar a la sala común. Theo miraba a Blaise y luego a Draco —que tenía una
mirada de frialdad— por su parte Draco miraba a Blaise no solo con frialdad,
sino también con resentimiento y hasta odio.
—Yo no te quite nada. Si no te has dado cuenta, yo no
tengo la culpa de que no seas lo suficientemente hombre como para conquistar a
una mujer —escupió el rubio, como toda una serpiente escupiendo su veneno.
Blaise sacó su varita de su túnica y apunto al rubio.
Este al verlo rió por la actitud del moreno, pero ni siquiera hizo el ademan de
sacar él también su varita.
—Vas a atacarme, amigo mío —dijo Draco, aun riendo—, pues
adelante —abrió sus brazos esperando el hechizo.
—No abuses de tu suerte, amigo —ironizó Blaise, dando un paso más hacia el rubio.
Draco dejo de reír, para levantarse del sillón y sacando
su varita apunto a Blaise.
Theo se paró al medio de los dos, tratando de impedir que
se ataquen.
—Blaise baja la varita —ordenó Theo, pero el moreno se
resistía.
—No te metas en esto, Theo, no es tu asunto —gruñó
Blaise.
Draco rió.
—Baja la varita, Blaise —volvió a ordenar Theo—. Y tú,
Draco deja de reírte, y también baja la varita.
—¿Por qué habría de hacerlo? —dijo Draco, arrastrando las
palabras al hablar.
En ese momento las hermanas Greengrass junto con Pansy
entraron a la sala común.
—¿Qué sucede? —preguntaron las hermanas Greengrass.
—¿Por qué están discutiendo esta vez? —preguntó Pansy.
Ninguno de los tres chicos contestó, porque dos de ellos
se miraban como queriendo matarse, mientras que el otro estaba pendiente de los
otros dos.
—¿Qué sucede? —preguntó Astoria, pero ahora más
demandante.
—Nada —respondió Draco, pero sin bajar la varita—. Al
parecer Blaise quiere jugar a la guerrita.
Blaise rechino los dientes enojado.
Daphne se acercó al moreno.
—Vamos, Blaise, baja la varita —dijo la rubia, colocando
una mano sobre la de Blaise, y poco a poco este fue bajando la varita—.
Salgamos de aquí —dijo Daphne.
Blaise asintió. Y Daphne suspiró, dando gracias a Merlín
de que el moreno le haya hecho caso, porque conociendo el carácter de Draco y
Blaise, eso era un verdadero logro que uno de ellos haya hecho caso. Puesto que
los dos tenían un carácter explosivo y vengativo, todos temían que, si se
enfrentaban, algo muy malo pasaría.
Blaise miró a Daphne.
—Claro, preciosa —le dijo, y pasando un brazo por los
hombros de la rubia, caminaron hacia la salida de la sala común, pero antes de
salir, el moreno busco la mirada de Astoria y le guiñó un ojo. Ella en
respuesta le sonrió ligeramente.
Pero nadie se percató de este intercambio de señas.
***
En la sala común de Gryffindor, Harry y Ron se
encontraban sentados en el sofá que estaba frente a la chimenea. Y a lo lejos
unas chicas de quinto, sexto y las pocas chicas de séptimo miraban a los amigos
y cuchicheaban.
—¿Y a estas que les pasa? —preguntó el pelirrojo a su
amigo.
Pero Harry no le contesto.
—¡Harry! —gritó Ron, llamando así la atención de su
amigo.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Me hablas? —preguntó el chico de gafas.
Ron miró a su amigo —a poco tiempo de convertirse en su
cuñado de verdad— con curiosidad. El pelirrojo había notado a Harry muy
distraído desde que se levantaron esa mañana para desayunar.
—¿Qué no te das cuenta? —preguntó el pelirrojo, pero por
la expresión del rostro del ojiverde, la respuesta era un “No”—. Las chicas
están mirando a nuestra dirección y cuchichean. Están así desde ayer —agregó.
Harry presto más atención a su alrededor y luego dirigió
su mirada a su amigo.
—¿Qué hiciste, Ron? —le cuestionó.
—¿Yo? No hice nada, además parece que te miran a ti, no a
mí —alegó Ron en su defensa—. Así que, ¿qué hiciste tú, Potter?
—Nada —contestó Harry.
—Hola, ¿qué hacen? —en ese momento Ginny Weasley venía
caminando con parsimonia, y con una sonrisa dibujada en sus labios. Llevaba la
túnica y el uniforme más amplios de lo que solía usar normalmente, y es que el
embarazo ya se hacía más notorio.
Harry tan solo la escuchó, puso cara de idiota.
Ron los miraba, aun no entendía como Harry podía soportar
a la histérica y mal encarada de su hermana.
La pelirroja se sentó junto a Harry, y este le paso un
brazo por los hombros, atrayéndola más a él. Pero ahí no quedo todo, luego vino
lo peor para los ojos de Ron. La pareja se besó.
—¡Ay, por favor! Quieren dejar de hacer eso en mi
presencia —dijo Ron, quien los miraba con asco.
—¡Ya supéralo, Ron! —dijo Ginny, de mal humor por la
interrupción de su hermano—. Pero aún no me han dicho que hacían —preguntó
cambiando de humor al instante.
Está
loca, pensaba Ron, al notar el
cambio de humor de su hermana.
—Nada —contestó Harry, sin dejar de mirarla.
—Todas están locas —comentó Ron mirando a las chicas, que
cada vez chismoseaban más.
—¿Quiénes? —preguntó Ginny.
—Ellas —señaló Harry—. Me miran y empiezan a cuchichear.
—Pues no solo cuando te miran a ti —dijo Ginny
pensativamente.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ron.
—Pues que desde ayer están así, a mí también me miran y
empiezan a cuchichear —dijo Ginny frunciendo el ceño.
—Lo mejor será no hacerles caso —dijo Harry.
—Sí, tienes razón —lo apoyó el pelirrojo—. ¿Y Hermione?
—preguntó, luego de un rato.
—La deje en la biblioteca, junto con Cygnus —respondió
Ginny.
Harry y Ron sonrieron.
Ambos se alegraban de que la rubia aprovechara el tiempo
que estaría en el pasado para convivir más con su verdadera madre.
—¿Por qué sonríen? —preguntó Ginny.
—Por nada, Ginny —contestó Ron, como quitándole
importancia al asunto.
—Sé que algo ocultan, no crean que no me he dado cuenta
de eso.
Y mientras los tres chicos platicaban o mejor dicho Ginny
queriendo descubrir el misterio en el que estaban su novio y su hermano, las
demás chicas seguían cuchicheando.
—¿Estás segura de lo que dices, Parvati? —preguntó una
chica de sexto.
—Sí, mi hermana y yo lo vimos con nuestros propios ojos
—alegó Parvati.
—Pues yo no puedo creerlo, Harry Potter, ¿infiel? Pobre
Ginny —se lamentó otra chica de sexto, viendo a la pelirroja con pena.
—Pero toda la culpa la tiene esa serpiente —dijo una
chica pelinegra de quinto.
—Sí, es solo una Slytherin comportándose como una
Slytherin —dijo Parvati.
***
—Bien, ya terminamos con la tarea de Transformaciones
—dijo Cygnus, dando un suspiró.
—Sí, por fin ya terminamos. Pero ahora lo que tengo que
hacer es un horario de estudios para los próximos exámenes y con todo eso de
los EXTASIS, estoy muy nerviosa —dijo Hermione.
—Estoy segura de que los pasaras todos, eres muy
inteligente —la animó la rubia.
Hermione se sonrojó, ante el cumplido.
—Tú también eres muy inteligente, Cygnus —dijo la
castaña.
La rubia sonrió, y Hermione comprobó una vez más que esa
sonrisa era idéntica a la de Draco. De pronto Hermione se sintió mal por la
chica, se sintió apenada, porque sabía que Draco estaba planeando algo para que
ella confesara que era la hija fuera del matrimonio de Lucius. Pero que podía
hacer ella, cuando Draco se negaba a contarle sus planes acerca de Cygnus.
Tengo que hacer algo, para que Draco me diga que es lo
que piensa hacer para que Cygnus le confiese la verdad, pensaba la castaña.
La miró de reojo, y sintió en su pecho como una punzada,
era un sentimiento extraño, algo muy distinto que sentía por Harry y Ron, por
ellos sentía hermandad, pero por la chica rubia aun no podía definir bien que
era lo que sentía por ella. Solo sabía que la sentía muy cercana a ella.
—¿Qué te pasa? —le preguntó la rubia a su futura madre,
al verla cambiar de estado de ánimo.
—Nada —mintió la castaña.
—¿Segura?
—Segura —respondió Hermione.
—¿Tienes problemas con tu novio? —le preguntó en un
susurro.
Hermione negó con la cabeza.
—No, no tengo problemas con… —se detuvo justo cuando iba
a decir el nombre de su novio, y Cygnus tuvo que reprimir las miles de
preguntas que iban a salir de su boca. Pero, aunque la rubia considerada como
único y verdadero padre a Harry Potter, tenía que reconocer que muy en el fondo
de ella quería conocer sus raíces.
—¿Y qué te pasa a ti? —preguntó Hermione al ver a la
rubia pensativa.
—Nada —respondió la rubia, pero al notar la mirada
insistente de su madre, respondió—: bueno, en realidad… solo pensaba en mis
hermanos —mintió la chica.
—Los extrañas mucho, ¿verdad? —preguntó la castaña.
—Sí, demasiado, nunca me había separado tanto tiempo de
ellos —admitió Cygnus.
—Te entiendo, digo, yo soy hija única, pero si me
separara de Harry y Ron por solo unos días, también los extrañaría, ellos son
como mis hermanos, como los hermanos que nunca tuve —dijo Hermione.
Cygnus sonrió. Ella sentía lo mismo con James, Albus,
Lily y Teddy —este último ahijado de Harry— que, aunque no eran sus hermanos de
sangre, ella los quería como si lo fueran.
Se quedaron en silencio, cada una metida en sus
pensamientos. Hasta que Hermione miró la hora en su reloj de pulsera, y se dio
cuenta de que ya casi era la hora de encontrarse con Draco. Así que,
despidiéndose de la rubia, salió a su encuentro secreto con su novio.
Cygnus suspiró.
Luego se puso a recoger sus libros, pergaminos, tinta y
plumas y las guardo en su mochila.
—Hasta luego, madame Pince —dijo la rubia, la
bibliotecaria asintió con la cabeza.
Y antes de dirigirse a su sala común, Cygnus, primero se
fue al baño. Pero antes de entrar escuchó un comentario que le molesto mucho.
—Así que Harry Potter le está poniendo los cuernos a
Ginny —dijo una chica de Hufflepuff.
—Sí. Y tan fiel que parecía, pero creo que resulto ser
igual que todos los hombres —dijo una pelinegra, a la que Cygnus reconoció como
Padma Patil, la hermana melliza de Parvati.
—Y lo peor de todo es que la amante es una…
Padma ya no pudo seguir hablando porque Cygnus entro al
baño, con ese porte elegante, haciendo sonar sutilmente sus zapatos de tacón,
eso hizo que las demás chicas se hicieran las desentendidas.
—¿Qué decías, Patil? —preguntó Cygnus, con ese tono frío
que la caracterizaba cuando quería intimidar a alguien.
Todas notaron que los ojos grises de la rubia habían
cambiado, de los amables que siempre eran, habían pasado a ser fríos, más fríos
que el mismísimo iceberg. Y esa mirada las dejo tan descolocadas porque les
recordó a la mirada de Draco Malfoy cuando solía ser un mortífago.
—Nada importante —respondió Padma—, ya nos íbamos.
Y antes de que la rubia pudiera decir algo, las chicas
habían salido del baño como alma que lleva el diablo.
Cygnus pudo ir tras ellas y preguntarle si lo que habían
dicho de su padre era cierto o no, pero luego negó con la cabeza, porque esa no
sería una buena idea. La rubia se quedó pensando y se le preguntaba a su padre
directamente.
¿Qué
le diría? ¿Papá estas engañando a mamá? ¿Con quién? Sí, claro y luego de eso que, se decía Cygnus. ¿Cuál
sería la reacción de su padre?, seguro se enojaría con ella por desconfiar así
de él, claro y eso si luego no le volteaba la cara de una bofetada por
impertinente.
—No, papá nunca me golpearía, si ni siquiera le puso una
mano encima a James, y eso que él era la principal razón por la cual mis padres
siempre recibían cartas de los profesores, y no precisamente cartas de
felicitaciones —murmuró la chica—. Pero una buena regañada y un castigo sí que
me daría.
Camino hacia uno de los grifos y mojo su cara, no haría
caso a esos chismes sin fundamentos y mucho menos cuando venían de chicas sin
nada que hacer. Ella conocía a su padre, y sabía que era incapaz de engañar a
su madre.
***
En el año 2016 – Época
actual (Hogwarts – Sala Común de Slytehrin)
—Orión, ¿dónde estabas? No te veo desde ayer. ¿Qué fue lo
que paso ayer cuando Snape te llevo a la dirección junto con Potter? —preguntó
Cassiopeia, sin siquiera pararse a respirar.
—Quieres callarte de una vez. Me aturdes —gritó el rubio.
La chica frunció el ceño.
—A mí no me calles —gritó Cassiopeia.
—Tan sólo déjame solo —gruñó Orión, pasando por un lado
de su hermana, pero antes de que este pudiera salir de la sala común, la chica
lo detuvo tomándolo del brazo.
—Quiero saber que paso —exigió.
—Bien —dijo Orión, con la mirada más fría que de
costumbre—, vamos a mi habitación, el idiota de Browning está en la biblioteca.
Ambos hermanos caminaron hacia las habitaciones de los
chicos. El rubio abrió una puerta, y Cassiopeia entro a la habitación, observo
todo despectivamente.
La habitación era amplia, con dos comas y dos veladores,
los baúles estaban al pie de cada cama, al lado izquierdo se encontraba el baño
—un baño que Orión tenía que compartir con su compañero— al lado derecho
estaban los closets. Y por supuesto la decoración era muy Slytherin.
—Que horrible habitación —comentó Cassiopeia.
—No te traje para que me dieras tu opinión sobre la
decoración de esta inmunda habitación —dijo el rubio escupiendo las palabras.
—Cierto —apuntó la chica—. Ahora si me dirás que paso
ayer.
Orión rechino los dientes, de solo acordarse la boca de
le llenaba de bilis.
—Padre me humillo delante de la prole Potter, del viejo
loco y del murciélago Snape.
Cassiopeia miraba a su hermano con confusión.
—¿Por qué dices eso? ¿Qué te hizo padre?
—Se atrevió a golpearme —gruñó el rubio, tocándose la
mejilla, que Draco le había abofeteado.
—No puedo creerlo. ¿Y madre no hizo nada? —dijo
Cassiopeia, anonadada de que su padre haya golpeado a su hermano.
—Trato, pero padre estaba irreconocible, nunca lo había
visto con esa actitud.
—¿A qué te refieres con eso, Orión?
—Parecía ansioso y un poco nervioso, y me di cuenta de
que de vez en cuando miraba a los padres del idiota de Potter. Era como si le
quisiera preguntar algo.
Cassiopeia se quedó pensativa, al escuchar lo que le
contaba su hermano.
Quizás
por eso madre no me busco ayer, seguramente también notaria extraño a padre, pensaba la chica Malfoy.
—Pero de algo puedes estar segura, Cassie —la ojiverde miró
a su hermano—, me voy a vengar de Potter.
—¿Y qué harás para vengarte? —preguntó con curiosidad la
chica.
Orión sonrió malignamente, una sonrisa muy parecida a la
de su madre, Astoria.
—Primero que nada, para atacar al enemigo hay que conocer
sus debilidades, y una de las debilidades de Potter es su familia, sobre todo
su hermanita desaparecida…
—Pero si la “desaparecida” sigue desaparecida, no nos
servirá de nada —dijo Cassiopeia interrumpiendo a su hermano.
—Pero aún le queda otra hermana —dijo el rubio,
recordando a la chica pelirroja de Gryffindor.
La castaña asintió.
—Sí, tienes razón, es una asquerosa leona.
—Bien, pues esa pelirroja, es uno de los puntos débiles
de idiota ese —Orión hizo una pausa—, pero yo me conformo solo con lastimar a
esa tonta pelirroja, yo quiero verlo sufrir a él, quiero causarle mucho dolor,
un dolor que lo haga decaer, que lo haga sentirse miserable, que lo haga
sentirse lo que es, una escoria.
Cassiopeia entiendo perfectamente a su hermano, lo miró
fijamente y cuando ambas orbes verdes de los Malfoy se encontraron, no hubo
necesidad de palabras, solo asintieron.
—Te ayudaré a vengarte de Potter, hermano, porque gracias
a su hermanita desaparecida, no conseguí una habitación para mí sola.
Orión sonrió.
—Muy bien —aceptó el rubio.
—Bien, entonces sígueme el juego, Orión —el chico miró a
su hermana—. Ya sé cómo empezar con la venganza. Y lo más importante es que los
demás también crean en nosotros y en nuestros supuestos “arrepentimientos” —y
antes de que Orión preguntará sobre “sus arrepentimientos”, la ojiverde
continuó—, pero tú —lo señaló—, no te arrepentirás tan rápido, seré yo la que
me avergüence de tu comportamiento y trate de hacerte ver tu error —Cassiopeia
fingía una voz llorosa.
Orión soltó una carcajada, y luego siguió su hermana.
***
Pasadas unas cuantas horas, Cassiopeia Malfoy se
encontraba sentada frente a la chimenea de su sala común, cuando de pronto vio
entrar a Potter junto con Leduc —amigo del pelinegro— y a su vez Orión bajaba
las escaleras con toda la elegancia de una aristócrata.
—Cassiopeia —dijo el rubio, con un tono de voz
prepotente. Cosa que le pareció raro a todos los demás Slytherin, sobre todo a
Albus, ya que el rubio solo le hablaba de esa manera a sus compañeros, pero no
a su hermana.
—No voy a hablar contigo, ya te lo dije, Orión —exclamó
la chica.
Orión se acercó a su hermana y la hizo levantarse del
sofá donde estaba sentada de solo un tirón de brazo. La castaña hizo un gesto
de dolor.
Albus estaba tan sorprendido que ni él ni Logan —su mejor
amigo— se movieron de sus lugares.
—Déjame, Orión. Te repito no hablare contigo, me
avergüenzo de tu actitud —la voz de Cassiopeia era de apenada y enojada a la
vez—, y suéltame, me estas lastimando.
Pero el rubio la miró con frialdad y no la soltaba, así
que Cassiopeia tirando de su brazo logro que su hermano la soltara.
—Cassiopeia… —dijo entre dientes Orión, pero no pudo
seguir hablando porque su hermana lo dejo con la palabra en la boca y camino
hacia donde estaba un muy sorprendido Albus.
—Potter —dijo la chica Malfoy, con un tono de voz
apenado. El pelinegro la miró y frunció el ceño esperando escuchar los insultos
y reclamos de la chica, pero lo que le dijo lo dejo mucho más sorprendido—.
Siento mucho la actitud de mi hermano.
—Cállate, Cassiopeia, cómo te atreves siquiera a
dirigirle la palabra después del ridículo que me hizo pasar ayer —gritó Orión.
Cassiopeia giró su cabeza para observar a su hermano y
fingiendo soltar un sollozo, volvió su rostro a Albus.
Potter miró a la chica frente a él, y la vio a los ojos,
esos ojos que antes le parecieron fríos, ahora estaban apenados y brillantes,
como conteniendo las lágrimas.
Y cuando el chico Potter iba a hablar, Cassiopeia susurró
un “lo siento”, y dedicándole una última mirada, camino hacia la salida de la
sala común y salió.
Ya fuera de la sala común, Cassiopeia sonrió con malicia.
—Que estúpido eres, Potter. Es tan fácil engañarte
—susurró.


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