POV Autora
Draco abrió los
ojos, y sonrió. Estaba feliz; era domingo, pero no estaba feliz porque era
domingo, el rubio estaba feliz porque ese domingo, Lucius Malfoy, su padre,
vendría al colegio. Y él le tenía preparado una bonita sorpresa.
Volvió a
sonreír.
El día anterior
le había pedido a “la bastarda” —como él llamaba a Cygnus— un favor.
Flashback
Cygnus entró
refunfuñando en su sala común, se sentó en uno de los sofás y cruzó los brazos
sobre su pecho.
Draco que
estaba sentado frente de ella, levantó la cabeza y la observó detalladamente.
No había dudas, esa chica era su hermana, notaba todos los genes Malfoy en
ella, esos ojos, esas poses, la manera de hablar…
—¿Qué tanto me
miras? —escuchó que la chica le hablaba en un tono molesto.
Draco no
respondió al instante. Él solo la miraba con más insistencia, Cygnus había
fruncido el ceño. ¿Cómo la hija fuera del matrimonio de su padre podía tener un
gesto tan parecido al de Hermione? ¿Qué rayos estaba pasando?
—¿Quieres un
autógrafo o una foto? —había demasiado sarcasmo en la voz de Cygnus.
—¿Qué?
—preguntó Draco, el también parecía estar de mal humor.
—¿Qué si
quieres un autógrafo o una foto? —repitió la rubia.
Draco frunció
el ceño, se había perdido, no sabía de qué diablos le hablaba la chica.
—¿Puedes dejar
de mirarme? ¿O es acaso que te gusto?
Draco
repentinamente se sintió asqueado ante tal pensamiento, de ella y él juntos
—Cygnus también se sintió asqueada en el mismo momento en que hizo esa
pregunta—; y le iba a contestar de la manera más fría posible, pero luego
recordó su plan, así que respirando profundo, respondió lo más amable que
podía.
—Tal vez, ¿eso
te molestaría?
—¡Sí!
—respondió al instante la rubia.
—¿Por qué?
—cuestionó Draco.
Cygnus rodó los
ojos.
—Tienes
prometida, ¿sí recuerdas a Greengrass, cierto?
—¡Cállate! Ni
siquiera la menciones —advirtió el rubio—. Y ella no es mi prometida.
Cygnus sonrió
socarronamente.
—Pues ella dice
todo lo contrario. Y según escuche por ahí, Greengrass ha amenazado a todas
chicas de Slytherin, diciéndoles que, si se atrevían a poner sus ojos en ti,
les iba a ir muy mal.
—Maldita sea
—murmuró Draco.
Voy a tener que volver a ponerle las cosas claras
a Astoria, o sino esa tonta podría meterme en problemas con Hermione, pensaba el
Draco.
Ambos rubios se
mantuvieron en silencio unos minutos, solo se escuchaba algunos murmullos de
los chicos de otros cursos.
—¿Por qué estás
tan molesta? —preguntó Draco, rompiendo el silencio.
—Yo podría
preguntarte lo mismo —contra atacó la rubia.
Draco la miró y
sonrió arrogantemente, lo mismo hizo ella; y si algunos de los chicos de la
sala común les hubiera prestado atención se habrían dado cuenta de que ambas
sonrisas eran idénticas.
Por su parte
ninguno de los dos iba a decir en voz alta el motivo de su molestia —otro
aspecto parecido que tenían—. Draco estaba molesto porque Astoria no lo dejaba
tranquilo, siempre andaba muy… melosa
—ese era el adjetivo más decente que había encontrado— con él, es más, hace
unos momentos había hecho un esfuerzo sobrehumano para no lanzarle un Petrificus Totalus para que dejara de
pegarse a él. Mientras que Cygnus estaba enojada por todos esos chismes acerca
de su padre y su “supuesta amante”. Y aunque ella conocía muy bien a su padre y
sabía que él era un hombre incapaz de hacer alguna bajeza como esa, eso no
quería decir que no le molestara que hablaran mal de su padre, y lo que más le
molestaba era que en algún momento esos chismes podrían llegar a oídos de su
madre, y ella temía que su se pusiera mal y peligrara la vida de su hermano.
Estúpidos chismes y estúpidas chismosas, pensaba
Cygnus con amargura.
—Cygnus —dijo
Draco llamando la atención de la rubia—. Te puedo pedir un favor —su voz sonó
como si en verdad necesitara ayuda, y él quiso abrazarse a sí mismo por tal
actuación.
—Depende
—contestó la rubia.
—No es difícil
—el rubio hizo una pausa, dándole dramatismo a su actuación—. Veras mañana
viene mi padre —cuando menciono a su padre, Draco observó a Cygnus, tratando de
descubrir en ella algún signo de nerviosismo, pero para su mala suerte nada
ocurrió, la rubia no hizo ningún gesto—, para tratar unos asuntos… y quería
pedirte, si podías entregar unos libros a Madame Pince, mientras yo voy a
entregarle una tarea a Snape.
Cygnus lo miró
con ojos entrecerrados.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque no
quisiera hacer esperar a mi padre, no se pone de muy buen humor si lo hago
esperar. Como sabrás, ¿no?
—¿Por qué
habría de saberlo? Yo no conozco de nada a tu padre —replicó la chica.
Eso dices tú, bastarda, pensaba
Draco.
—Sí, por supuesto
—contestó Draco no dándole importancia—. Pero ¿puedes hacerme ese favor?
Cygnus suspiró.
—Sí, no veo
porque no.
Fin
de Flashback
El día paso
tranquilo en la escuela de Magia y Hechicería, el ambiente ameno, sin guerras
ni locos maniáticos queriendo controlar el mundo mágico. Solo unos cuantos
chismes se regaban por la escuela: Harry Potter y su supuesta infidelidad.
Todos
almorzaban en el Gran Comedor. Mientras que, en la casa de los leones, Ginny
Weasley estaba de mal humor notando nuevamente las miradas sobre ella y los
cuchicheos.
—No soporto
esto —dijo levantándose de la mesa para luego dirigirse a la salida del Gran
Comedor.
—Ginny —dijo
Harry y siguió a su pelirroja.
Ron negó con la
cabeza, pero siguió comiendo.
Por su parte
Hermione miraba de vez en cuando a un rubio de la mesa de las serpientes, y
este también la miraba, pero más disimuladamente. Ella le sonrió y le guiñó un
ojo, para segundos después levantarse de su mesa y salir por las puertas del
Gran Comedor.
—¿Adónde vas?
—le preguntó Ron a Hermione, cuando termino de masticar y tragar.
—A la
biblioteca —respondió la castaña, sin dar tiempo a su amigo de hacer otra
pregunta.
Unos cinco
minutos después Draco la siguió a Hermione a su lugar secreto: La Sala de los
Menesteres.
Cygnus caminaba
distraída cuando de pronto se chocó con Draco, ella se tambaleó, pero se
estabilizo rápidamente.
—Lo siento —le
dijo Draco sin siquiera mirarla.
La rubia se
encogió de hombros y siguió su camino al Gran Comedor.
Cuando ya
estaba dentro del Gran Comedor, se sentó junto a Theo.
—¿Adónde iba
Malfoy? —le preguntó a su castaño amigo—. Me acabo de chocar con él, ni
siquiera me miró, se disculpó, pero siguió con su camino. Parecía ansioso.
—No lo sé
—respondió Theo—, simplemente se levantó y salió sin decir nada, no le hagas
mucho caso, él es así.
El almuerzo
siguió, pero una castaña en la mesa de las serpientes no dejaba de darle
vueltas al mismo pensamiento: ¿Adónde se
había ido Draco? Y, sobre todo, ¿con
quién se iba a encontrar?
***
Horas más tarde
Cygnus Potter regresaba de la biblioteca, le había entregado a Madame Pince los
libros que Draco había tomado prestado. Ella caminaba con parsimonia a su sala
común, iba pensando sobre su situación y de lo mal que le estaba yendo su
investigación sobre como regresar a su tiempo, cuando por segunda vez en el día
choco con alguien, lastimosamente esta vez ella no pudo mantenerse en pie y
cayó al suelo sentada.
—Ay —se quejó
la rubia. Levantó la vista para ver con quien había chocado esta vez, y cuando
vio con el hombre frente a ella, se quedó sorprendida, pero después sintió algo
raro al verlo.
Negó con la
cabeza a esa sensación.
Y detallo al
hombre altivo y aristócrata, era alto, igual de alto que Malfoy, tan rubio como
Malfoy —pero este hombre tenía el cabello más largo e iba sujetado a la altura
de su nuca con una cinta negra de parecer muy fina—, y esos ojos grises tenían
el mismo tono que Malfoy, pero había algo diferente en esos ojos, frialdad.
Sin duda alguna
era el padre de Draco Malfoy.
Cygnus sin
abrir la boca se levantó del suelo y sacudió el polvo de su túnica.
Por su parte
Lucius Malfoy se quedó petrificado al ver a la chica frente a él —y él le
hubiera reprendido a la joven por su torpeza, pero no pudo decir nada cuando
sus ojos chocaron con los de la desconocida—. Sí, Lucius en menos de cinco
minutos la detallo completamente, cabellos rubios platinados, piel pálida y
ojos grises, solo tenía algunas diferencias, su cabello no era liso, sino era
ondeado, y sus mejillas tenían cierto tono sonrosado.
Todo este
encuentro era observado por Draco, que se escondía detrás de una armadura. Él
esperaba con ansias que su padre y la bastarda hicieran algo comprometedor,
pero nada ocurría —simplemente su padre y la rubia se observaban— y esto
molestaba mucho al rubio.
Era obvio que fingirían muy bien, pensaba con
amargura Draco.
Así que sin
aguantarse más salió de su escondite con mucho sigilo, respiró profundo, y se
acercó a ellos para poner en evidencia.
—Hola, padre
—saludó Draco, con cierta ironía, que Lucius no detecto porque estaba más
atento a la chica.
—Draco —dijo
luego de unos segundos, y miró a su hijo como pidiéndole una explicación.
Draco sonrió
para sus adentros.
—Oh, que
descortés de mi parte —dijo Draco fingiendo distracción—, padre, ella es
Cygnus… Potter, mi nueva compañera de casa —la presentó—, Cygnus, él es mi
padre, Lucius Malfoy.
—Un gusto,
señor Malfoy —dijo Cygnus estirando mano.
—El gusto es
mío, señorita Potter —dijo Lucius
pronunciando su apellido con cierta desconfianza a la vez que le daba un ligero
apretón a la mano de la chica.
—Lamento el
incidente de hace unos minutos —se disculpó Cygnus.
—No tiene
importancia —respondió el rubio mayor.
A decir verdad,
Lucius ya no le tomaba importancia a ese incidente, le asombro escuchar el
apellido de la chica —pero escondió su asombro con una máscara de frialdad,
como era su costumbre—, pero al final no pudo evitar preguntar si era familiar
de Harry Potter.
—¿Potter?
¿Familiar del señor Potter?
Cygnus tuvo que
mentir nuevamente ante esta pregunta.
—No, señor.
Harry Potter y yo no tenemos parentesco alguno —respondió educadamente.
Lucius asintió
no muy convencido. Mientras Draco no se perdía ninguna mirada o gesto de su
padre y la rubia.
Luego de unos
minutos de silencio, Cygnus volvió a hablar.
—Bueno, yo me
retiro para que puedan hablar, y nuevamente un gusto haberlo conocido, señor
Malfoy —dijo con asentimiento de cabeza.
Luego de que la
rubia se marchara, Lucius miró a su hijo directamente, sabía que algo planeaba,
lo conocía muy bien.
—¿Qué tramas, Draco?
—le preguntó directamente.
Este se hizo el
desentendido.
—No sé de qué
me hablas, padre.
—Esta
coincidencia con esta chica no ha sido causalidad ni tampoco tu carta donde me
pedias que viniera con urgencia al colegio.
Draco asintió,
se dejó de juegos y decidió hablar con la verdad.
—Tienes razón,
padre, nada ha sido casualidad, pero no vamos a hablar aquí, a menos que
quieras que todos lo que pasen por este pasillo nos escuchen —siseó.
Lucius miró con
severidad a su hijo.
—Espero que mi
visita no haya sido en balde, porque te juro, Draco…
—Tu visita no
será en balde, padre.
Lucius observó
con esos ojos penetrantes a su hijo, detestaba que lo interrumpieran.
Luego ambos
rubios se encaminaron a la habitación del Malfoy menor. Este le puso un hechizo
silenciador a su habitación cuando ya se encontraban en el.
—Ahora sí,
habla de una vez, Draco —lo urgió su padre.
—¡Eres un
traidor! —espetó Draco.
—¿Qué dijiste?
—siseó Lucius a su hijo—, ¿cómo te atreves a faltarme el respeto, muchacho?
—¿Respeto?
—repitió Draco con ironía—, tú primero nos faltaste el respeto a madre y a mí.
Estas palabras
sorprendieron mucho a Lucius.
¿De qué rayos habla?, pensaba
Lucius.
—Mira, Draco,
habla con claridad de una buena vez, porque no estoy de humor para tratar con
chico malcriado como tú.
Draco frunció
el ceño.
—Quieres que
hable claro. Pues perfecto. Lo que estoy diciendo es que eres un maldito
traidor por haber tenido una bastarda fuera del matrimonio y encima tienes la
desfachatez de mandarla a estudiar al mismo colegio que a mí.
Lucius taladro
con la mirada a su hijo, sí, una mirada que asustaría a cualquiera, una mirada
indagadora, inquisidora; pero Draco estaba acostumbrado a este tipo de miradas
y no le afectaba, ya no, él ya no era un niño de cinco años que se asustaba y
se escondía tras su madre, él era un hombre, y como hombre le exigía una
respuesta a su padre. Una respuesta que le explicara porque se atrevía a
manchar más el apellido Malfoy, que acaso no estaba lo suficiente manchado
desde que su familia empezó a seguir a Lord Voldemort.
—¿Bastarda? Te
refieres a esa chica que acabo de conocer…
—¡No seas
hipócrita y reconoce que es tu hija! —gritó Draco.
Ahora Lucius
entendía la reacción de su hijo. Draco pensaba que esa chica Potter era su
hija.
—Esa chica no
es mi hija, Draco —dijo con firmeza Lucius—. Tú eres mi único hijo, aunque
ahora estoy dudando de eso, actúas como idiota.
Draco rió con
sarcasmo.
—Sí, claro.
—Te repito que
esa chica no es mi hija, esta es la primera vez que la veo en mi vida, además
se apellida Potter.
—Sí, porque
tuviste la maravillosa idea de cambiarle el apellido. Pero a leguas se nota que
es tu hija, es idéntica a ti, ¿acaso no la has visto?
—También se
parece a ti, y no por eso insinuó que es hija tuya —siseó Lucius.
—¿Hija mía? Eso
es lo que dirás para librarte de culpas, padre —escupió con todo el veneno
posible.
Lucius se
sentía confundido con el parecido de Cygnus a los Malfoy, y si no fuera porque
un Malfoy nunca se enredaría con otra mujer después de estar casado, hasta él
mismo creería que era su hija.
Y ni siquiera
él tenía más familia que su esposa y su hijo. No había hermanos, primos,
sobrinos a quien culpar por la paternidad de esa chica, y lo peor de todo se
apellidaba «Potter». ¿Qué clase de broma era esta?
—No seguiré
hablando contigo, Draco, ahora estás muy alterado, pero te aseguro que esa
chica no es mi hija. Averiguaré quienes son sus padres si con eso te sientes
más tranquilo.
—¡ERES UN
MENTIROSO, POR SUPUESTO QUE ESA BASTARDA ES TU HIJA! —gritó.
Lucius no contestó
a las acusaciones de su hijo, lo único que hizo fue salir de la habitación del
rubio. Y cuando llego a la sala común se encontró con Cygnus sentada frente a
la chimenea leyendo un libro.
Lucius no pudo
evitar detallarla por un rato.
La rubia giró
su cabeza al sentir que era observada, y se topó con la mirada de Lucius
Malfoy. Ella le sonrió inconscientemente y esto era raro, porque ella nunca les
sonreía a personas que recién acababa de conocer. Sin saber que esta sonrisa
confundiría mucho más a Lucius.
Esa sonrisa es igual a la de Draco, pensó el
hombre.
La rubia dejo
el libro sobre el sofá y se acercó a Lucius.
—¿Se encuentra
bien, señor Malfoy? —preguntó Cygnus al ver a Lucius más pálido de lo que lo
había visto hace unos momentos.
—Sí, me
encuentro bien —respondió con altivez, volvió a observarla. Lucius observó tan
penetrantemente a la chica que inmediatamente las mejillas de la chica
empezaron a teñirse de carmesí—, que tenga una linda tarde, señorita —para
luego salir de la sala común.
—Qué hombre tan
raro —murmuró Cygnus.
***
Ya habían pasado varios días desde la visita de Lucius Malfoy, y desde ese
día Draco paraba de mal humor, y también solía desaparecer muy seguido.
Astoria había intentado muchas veces hablar con él, pero Draco la evadía
cada vez que podía. Y una vez que le preguntó a donde se metía cada vez que
desaparecía, él le contestó de mala manera: «Metete en tus asuntos,
Greengrass».
Pero ni siquiera eso la hizo desistir, ella quería saber a dónde iba Draco,
y porque regresaba de mejor humor, eso la hizo sospechar de qué se trataba de
una mujer.
—Ninguna maldita me quitara a mi hombre —susurró Astoria una noche que vio
entrar a Draco a su sala común, con una sonrisa que nunca había visto en él
antes.
Así que desde esa noche Astoria decidió ser la sombra de Draco, siempre lo
vigilaba, pero para su disgusto el rubio se comportaba naturalmente el en Gran
Comedor y en su sala común, lastimosamente no podía vigilarlo en clases, y
sonsacarle información a su hermana era difícil, ya que su hermana se
empecinaba en que debía fijarse en alguien más y que dejara en paz a Draco.
—Maldita, maldita, maldita —refunfuñaba Astoria, en una zona de su sala
común donde no alumbraba mucho.
—¿Para quién son tus halagos, querida? —preguntó burlonamente Zabini.
Astoria se volvió lentamente y le dedico una mirada fría al moreno. Este ni
se inmuto, es más sonrió.
—Lárgate de aquí, Zabini —siseó la chica.
—Esta también es mi sala común, mi amor.
Astoria apretó los puños, volvió a observarlo de mala manera y cuando se
disponía a levantarse e irse, la mano de Zabini la tomo por la muñeca.
—Tal vez yo pueda ayudarte —dijo de una forma insinuante.
—Hoy día no tengo ganas. Me repugnas —dijo Astoria haciendo una mueca de
asco, pero sin intentar soltarse del moreno.
Zabini soltó una carcajada, llamando así la atención de unos chicos de
tercero.
—Suéltame, imbécil —susurró Astoria.
—No seas tan arisca, mi amor —dijo Zabini a la vez que empezaba a hacer
caricias en la muñeca de Astoria—. Y yo que te tenía una buena noticia —Astoria
alzo una ceja de manera interrogativa—, sobre tu “prometido”.
—¿Draco? ¿Qué sabes de él? —preguntó con ansiedad.
Zabini sonrió
—¿Me darás mi recompensa cuando te diga lo que he averiguado?
Astoria sonrió con coquetería.
—Por supuesto, Blaise —aseguró con voz melosa—. Pero por favor, anda, dime
lo que sabes de Draco.
—Bien, como te he visto tan desesperada. Querida debes controlarte más
—aconsejó, mientras que Astoria sonreía por fuera quería matar a Zabini por
dentro—. tú has querido saber dónde se metía Draco cuando desaparecía —hizo una
pausa midiendo la paciencia de la chica—, pues como yo lo conozco más que tú;
esto no te va a gustar…
—Quieres decirme de una vez que es lo que sabes —dijo Astoria fingiendo
amabilidad.
—Está bien, tu querido Draco se la pasa metido en esa sala del séptimo
piso, ¿cómo era que se llama? —preguntó.
—La Sala de los Menesteres —recordó Astoria.
Zabini asintió.
—Sí, pues bueno, Draco se la pasa allí con una compañía que creo que no
será de tu agrado —cizañó.
—¿Con quién? —se apresuró a preguntar Astoria.
Zabini se quedó callado, disfrutando de la ansiedad de Greengrass.
—¡Dímelo de una vez!
—No, creo que será mejor que tú lo averigües por ti sola.
Astoria no dijo nada más y nuevamente se iba a levantar para irse, pero
nuevamente Zabini la detuvo.
—Ya no está allí, lo vi salir a él y a su amiguita hace rato. Mejor espera a mañana.
—Déjame —dijo Astoria.
—No, mi amor, me debes mi premio —dijo Zabini mirando lascivamente de pies
a cabeza a Astoria.
Astoria hizo un gesto de molestia.
—Pero antes dime, ¿cómo supiste donde estaba Draco? —preguntó.
—Pues muy fácil, cariño. Yo si presto atención a esas señales que pasan
desapercibidas para otros —contestó Zabini con una sonrisa de triunfo—. Ahora
sí, quiero mi premio.
—Está bien, vamos —dijo Astoria, y muy sigilosamente Zabini y Astoria se
dirigieron a la habitación del primero.
***
En otra parte del castillo, más exacto en el baño de chicas; Ginny Weasley
entraba al baño, cuando de pronto escucho una conversación.
—¿Y se les ha vuelto a ver juntos? —preguntó Padma Patil.
—Sí, pero nada comprometedor —le contestó su melliza.
—No sabes cómo me indigna todo esto, engañar a una chica como ella —dijo
Susan Bones.
—Todos son iguales —dijo Padma.
¿De quién hablan? ¿A qué
chica engañan?, se preguntaba Ginny.
—Pero ¿por qué? No lo comprendo —dijo una chica de sexto curso, del cual
Ginny no reconoció la voz—, que le vio a esa serpiente.
—Tienes que reconocer que la chica es hermosa —dijo Susan—, casi parece una
muñeca. ¿Le habéis visto como le brilla su larga cabellera rubia?
—¡Susan! —le reprochó la voz de Hannah Abbott—. La belleza no lo es todo, y
los sentimientos ¿qué?
—¡Además, Ginny también es muy hermosa!
Ginny quedó petrificada cuando escucho su nombre de los labios de… ni siquiera
podía saber quién era la chica que había dicho su nombre. Lo único que sentía
era un tremendo dolor que se instaló en su corazón.
¿Acaso estaban tratando de decir que Harry… que su Harry la engañaba con
otra?
No, no, eso no podía ser verdad, de seguro que no lo era. Simplemente no
podía creerlo. Harry no la engañaría, él no había cambiado con ella, él seguía
igual de amoroso y atento —inclusive más desde que se enteró que estaba
embarazada—. Él no podía hacerle esto ahora cuando estaban a punto de formar
una familia.
Las lágrimas empezaron a resbalarse por sus mejillas, mientras se negaba a
creer lo que había escuchado.
—Esa maldita serpiente —dijo Parvati—. Desde que llego a Hogwarts se hizo
muy cercana a Harry. No puedo creer que hasta haya puesto sus pies en mi sala
común.
—Las serpientes nunca dejaran de ser lo que son. Y Cygnus…
—Cygnus —repitió Ginny con asombro—. No con ella.
Y de pronto todo se le puso negro a Ginny, y cayó al suelo en un golpe
sordo. Las chicas que estaban aún hablando, pararon para correr hacia el sonido
del golpe. Y cuando vieron a Ginny Weasley tirada en el suelo, todas se miraron
con culpabilidad.
—¿Crees que nos haya escuchado? —preguntó Susan, con temor en la voz.
—No lo sé —respondió Hannah sin quitar la vista de Ginny.
—Eso no importa —les dijo Parvati—. Debemos llevarla a la enfermería.


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