sábado, 26 de mayo de 2018

¿Será una Malfoy?


POV Autora
Draco abrió los ojos, y sonrió. Estaba feliz; era domingo, pero no estaba feliz porque era domingo, el rubio estaba feliz porque ese domingo, Lucius Malfoy, su padre, vendría al colegio. Y él le tenía preparado una bonita sorpresa.
Volvió a sonreír.
El día anterior le había pedido a “la bastarda” —como él llamaba a Cygnus— un favor.

Flashback
Cygnus entró refunfuñando en su sala común, se sentó en uno de los sofás y cruzó los brazos sobre su pecho.
Draco que estaba sentado frente de ella, levantó la cabeza y la observó detalladamente. No había dudas, esa chica era su hermana, notaba todos los genes Malfoy en ella, esos ojos, esas poses, la manera de hablar…
—¿Qué tanto me miras? —escuchó que la chica le hablaba en un tono molesto.
Draco no respondió al instante. Él solo la miraba con más insistencia, Cygnus había fruncido el ceño. ¿Cómo la hija fuera del matrimonio de su padre podía tener un gesto tan parecido al de Hermione? ¿Qué rayos estaba pasando?
—¿Quieres un autógrafo o una foto? —había demasiado sarcasmo en la voz de Cygnus.
—¿Qué? —preguntó Draco, el también parecía estar de mal humor.
—¿Qué si quieres un autógrafo o una foto? —repitió la rubia.
Draco frunció el ceño, se había perdido, no sabía de qué diablos le hablaba la chica.
—¿Puedes dejar de mirarme? ¿O es acaso que te gusto?
Draco repentinamente se sintió asqueado ante tal pensamiento, de ella y él juntos —Cygnus también se sintió asqueada en el mismo momento en que hizo esa pregunta—; y le iba a contestar de la manera más fría posible, pero luego recordó su plan, así que respirando profundo, respondió lo más amable que podía.
—Tal vez, ¿eso te molestaría?
—¡Sí! —respondió al instante la rubia.
—¿Por qué? —cuestionó Draco.
Cygnus rodó los ojos.
—Tienes prometida, ¿sí recuerdas a Greengrass, cierto?
—¡Cállate! Ni siquiera la menciones —advirtió el rubio—. Y ella no es mi prometida.
Cygnus sonrió socarronamente.
—Pues ella dice todo lo contrario. Y según escuche por ahí, Greengrass ha amenazado a todas chicas de Slytherin, diciéndoles que, si se atrevían a poner sus ojos en ti, les iba a ir muy mal.
—Maldita sea —murmuró Draco.
Voy a tener que volver a ponerle las cosas claras a Astoria, o sino esa tonta podría meterme en problemas con Hermione, pensaba el Draco.
Ambos rubios se mantuvieron en silencio unos minutos, solo se escuchaba algunos murmullos de los chicos de otros cursos.
—¿Por qué estás tan molesta? —preguntó Draco, rompiendo el silencio.
—Yo podría preguntarte lo mismo —contra atacó la rubia.
Draco la miró y sonrió arrogantemente, lo mismo hizo ella; y si algunos de los chicos de la sala común les hubiera prestado atención se habrían dado cuenta de que ambas sonrisas eran idénticas.
Por su parte ninguno de los dos iba a decir en voz alta el motivo de su molestia —otro aspecto parecido que tenían—. Draco estaba molesto porque Astoria no lo dejaba tranquilo, siempre andaba muy… melosa —ese era el adjetivo más decente que había encontrado— con él, es más, hace unos momentos había hecho un esfuerzo sobrehumano para no lanzarle un Petrificus Totalus para que dejara de pegarse a él. Mientras que Cygnus estaba enojada por todos esos chismes acerca de su padre y su “supuesta amante”. Y aunque ella conocía muy bien a su padre y sabía que él era un hombre incapaz de hacer alguna bajeza como esa, eso no quería decir que no le molestara que hablaran mal de su padre, y lo que más le molestaba era que en algún momento esos chismes podrían llegar a oídos de su madre, y ella temía que su se pusiera mal y peligrara la vida de su hermano.
Estúpidos chismes y estúpidas chismosas, pensaba Cygnus con amargura.
—Cygnus —dijo Draco llamando la atención de la rubia—. Te puedo pedir un favor —su voz sonó como si en verdad necesitara ayuda, y él quiso abrazarse a sí mismo por tal actuación.
—Depende —contestó la rubia.
—No es difícil —el rubio hizo una pausa, dándole dramatismo a su actuación—. Veras mañana viene mi padre —cuando menciono a su padre, Draco observó a Cygnus, tratando de descubrir en ella algún signo de nerviosismo, pero para su mala suerte nada ocurrió, la rubia no hizo ningún gesto—, para tratar unos asuntos… y quería pedirte, si podías entregar unos libros a Madame Pince, mientras yo voy a entregarle una tarea a Snape.
Cygnus lo miró con ojos entrecerrados.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque no quisiera hacer esperar a mi padre, no se pone de muy buen humor si lo hago esperar. Como sabrás, ¿no?
—¿Por qué habría de saberlo? Yo no conozco de nada a tu padre —replicó la chica.
Eso dices tú, bastarda, pensaba Draco.
—Sí, por supuesto —contestó Draco no dándole importancia—. Pero ¿puedes hacerme ese favor?
Cygnus suspiró.
—Sí, no veo porque no.
Fin de Flashback

El día paso tranquilo en la escuela de Magia y Hechicería, el ambiente ameno, sin guerras ni locos maniáticos queriendo controlar el mundo mágico. Solo unos cuantos chismes se regaban por la escuela: Harry Potter y su supuesta infidelidad.
Todos almorzaban en el Gran Comedor. Mientras que, en la casa de los leones, Ginny Weasley estaba de mal humor notando nuevamente las miradas sobre ella y los cuchicheos.
—No soporto esto —dijo levantándose de la mesa para luego dirigirse a la salida del Gran Comedor.
—Ginny —dijo Harry y siguió a su pelirroja.
Ron negó con la cabeza, pero siguió comiendo.
Por su parte Hermione miraba de vez en cuando a un rubio de la mesa de las serpientes, y este también la miraba, pero más disimuladamente. Ella le sonrió y le guiñó un ojo, para segundos después levantarse de su mesa y salir por las puertas del Gran Comedor.
—¿Adónde vas? —le preguntó Ron a Hermione, cuando termino de masticar y tragar.
—A la biblioteca —respondió la castaña, sin dar tiempo a su amigo de hacer otra pregunta.
Unos cinco minutos después Draco la siguió a Hermione a su lugar secreto: La Sala de los Menesteres.
Cygnus caminaba distraída cuando de pronto se chocó con Draco, ella se tambaleó, pero se estabilizo rápidamente.
—Lo siento —le dijo Draco sin siquiera mirarla.
La rubia se encogió de hombros y siguió su camino al Gran Comedor.
Cuando ya estaba dentro del Gran Comedor, se sentó junto a Theo.
—¿Adónde iba Malfoy? —le preguntó a su castaño amigo—. Me acabo de chocar con él, ni siquiera me miró, se disculpó, pero siguió con su camino. Parecía ansioso.
—No lo sé —respondió Theo—, simplemente se levantó y salió sin decir nada, no le hagas mucho caso, él es así.
El almuerzo siguió, pero una castaña en la mesa de las serpientes no dejaba de darle vueltas al mismo pensamiento: ¿Adónde se había ido Draco? Y, sobre todo, ¿con quién se iba a encontrar?

***

Horas más tarde Cygnus Potter regresaba de la biblioteca, le había entregado a Madame Pince los libros que Draco había tomado prestado. Ella caminaba con parsimonia a su sala común, iba pensando sobre su situación y de lo mal que le estaba yendo su investigación sobre como regresar a su tiempo, cuando por segunda vez en el día choco con alguien, lastimosamente esta vez ella no pudo mantenerse en pie y cayó al suelo sentada.
—Ay —se quejó la rubia. Levantó la vista para ver con quien había chocado esta vez, y cuando vio con el hombre frente a ella, se quedó sorprendida, pero después sintió algo raro al verlo.
Negó con la cabeza a esa sensación.
Y detallo al hombre altivo y aristócrata, era alto, igual de alto que Malfoy, tan rubio como Malfoy —pero este hombre tenía el cabello más largo e iba sujetado a la altura de su nuca con una cinta negra de parecer muy fina—, y esos ojos grises tenían el mismo tono que Malfoy, pero había algo diferente en esos ojos, frialdad.
Sin duda alguna era el padre de Draco Malfoy.
Cygnus sin abrir la boca se levantó del suelo y sacudió el polvo de su túnica.
Por su parte Lucius Malfoy se quedó petrificado al ver a la chica frente a él —y él le hubiera reprendido a la joven por su torpeza, pero no pudo decir nada cuando sus ojos chocaron con los de la desconocida—. Sí, Lucius en menos de cinco minutos la detallo completamente, cabellos rubios platinados, piel pálida y ojos grises, solo tenía algunas diferencias, su cabello no era liso, sino era ondeado, y sus mejillas tenían cierto tono sonrosado.
Todo este encuentro era observado por Draco, que se escondía detrás de una armadura. Él esperaba con ansias que su padre y la bastarda hicieran algo comprometedor, pero nada ocurría —simplemente su padre y la rubia se observaban— y esto molestaba mucho al rubio.
Era obvio que fingirían muy bien, pensaba con amargura Draco.
Así que sin aguantarse más salió de su escondite con mucho sigilo, respiró profundo, y se acercó a ellos para poner en evidencia.
—Hola, padre —saludó Draco, con cierta ironía, que Lucius no detecto porque estaba más atento a la chica.
—Draco —dijo luego de unos segundos, y miró a su hijo como pidiéndole una explicación.
Draco sonrió para sus adentros.
—Oh, que descortés de mi parte —dijo Draco fingiendo distracción—, padre, ella es Cygnus… Potter, mi nueva compañera de casa —la presentó—, Cygnus, él es mi padre, Lucius Malfoy.
—Un gusto, señor Malfoy —dijo Cygnus estirando mano.
—El gusto es mío, señorita Potter —dijo Lucius pronunciando su apellido con cierta desconfianza a la vez que le daba un ligero apretón a la mano de la chica.
—Lamento el incidente de hace unos minutos —se disculpó Cygnus.
—No tiene importancia —respondió el rubio mayor.
A decir verdad, Lucius ya no le tomaba importancia a ese incidente, le asombro escuchar el apellido de la chica —pero escondió su asombro con una máscara de frialdad, como era su costumbre—, pero al final no pudo evitar preguntar si era familiar de Harry Potter.
—¿Potter? ¿Familiar del señor Potter?
Cygnus tuvo que mentir nuevamente ante esta pregunta.
—No, señor. Harry Potter y yo no tenemos parentesco alguno —respondió educadamente.
Lucius asintió no muy convencido. Mientras Draco no se perdía ninguna mirada o gesto de su padre y la rubia.
Luego de unos minutos de silencio, Cygnus volvió a hablar.
—Bueno, yo me retiro para que puedan hablar, y nuevamente un gusto haberlo conocido, señor Malfoy —dijo con asentimiento de cabeza.
Luego de que la rubia se marchara, Lucius miró a su hijo directamente, sabía que algo planeaba, lo conocía muy bien.
—¿Qué tramas, Draco? —le preguntó directamente.
Este se hizo el desentendido.
—No sé de qué me hablas, padre.
—Esta coincidencia con esta chica no ha sido causalidad ni tampoco tu carta donde me pedias que viniera con urgencia al colegio.
Draco asintió, se dejó de juegos y decidió hablar con la verdad.
—Tienes razón, padre, nada ha sido casualidad, pero no vamos a hablar aquí, a menos que quieras que todos lo que pasen por este pasillo nos escuchen —siseó.
Lucius miró con severidad a su hijo.
—Espero que mi visita no haya sido en balde, porque te juro, Draco…
—Tu visita no será en balde, padre.
Lucius observó con esos ojos penetrantes a su hijo, detestaba que lo interrumpieran.
Luego ambos rubios se encaminaron a la habitación del Malfoy menor. Este le puso un hechizo silenciador a su habitación cuando ya se encontraban en el.
—Ahora sí, habla de una vez, Draco —lo urgió su padre.
—¡Eres un traidor! —espetó Draco.
—¿Qué dijiste? —siseó Lucius a su hijo—, ¿cómo te atreves a faltarme el respeto, muchacho?
—¿Respeto? —repitió Draco con ironía—, tú primero nos faltaste el respeto a madre y a mí.
Estas palabras sorprendieron mucho a Lucius.
¿De qué rayos habla?, pensaba Lucius.
—Mira, Draco, habla con claridad de una buena vez, porque no estoy de humor para tratar con chico malcriado como tú.
Draco frunció el ceño.
—Quieres que hable claro. Pues perfecto. Lo que estoy diciendo es que eres un maldito traidor por haber tenido una bastarda fuera del matrimonio y encima tienes la desfachatez de mandarla a estudiar al mismo colegio que a mí.
Lucius taladro con la mirada a su hijo, sí, una mirada que asustaría a cualquiera, una mirada indagadora, inquisidora; pero Draco estaba acostumbrado a este tipo de miradas y no le afectaba, ya no, él ya no era un niño de cinco años que se asustaba y se escondía tras su madre, él era un hombre, y como hombre le exigía una respuesta a su padre. Una respuesta que le explicara porque se atrevía a manchar más el apellido Malfoy, que acaso no estaba lo suficiente manchado desde que su familia empezó a seguir a Lord Voldemort.
—¿Bastarda? Te refieres a esa chica que acabo de conocer…
—¡No seas hipócrita y reconoce que es tu hija! —gritó Draco.
Ahora Lucius entendía la reacción de su hijo. Draco pensaba que esa chica Potter era su hija.
—Esa chica no es mi hija, Draco —dijo con firmeza Lucius—. Tú eres mi único hijo, aunque ahora estoy dudando de eso, actúas como idiota.
Draco rió con sarcasmo.
—Sí, claro.
—Te repito que esa chica no es mi hija, esta es la primera vez que la veo en mi vida, además se apellida Potter.
—Sí, porque tuviste la maravillosa idea de cambiarle el apellido. Pero a leguas se nota que es tu hija, es idéntica a ti, ¿acaso no la has visto?
—También se parece a ti, y no por eso insinuó que es hija tuya —siseó Lucius.
—¿Hija mía? Eso es lo que dirás para librarte de culpas, padre —escupió con todo el veneno posible.
Lucius se sentía confundido con el parecido de Cygnus a los Malfoy, y si no fuera porque un Malfoy nunca se enredaría con otra mujer después de estar casado, hasta él mismo creería que era su hija.
Y ni siquiera él tenía más familia que su esposa y su hijo. No había hermanos, primos, sobrinos a quien culpar por la paternidad de esa chica, y lo peor de todo se apellidaba «Potter». ¿Qué clase de broma era esta?
—No seguiré hablando contigo, Draco, ahora estás muy alterado, pero te aseguro que esa chica no es mi hija. Averiguaré quienes son sus padres si con eso te sientes más tranquilo.
—¡ERES UN MENTIROSO, POR SUPUESTO QUE ESA BASTARDA ES TU HIJA! —gritó.
Lucius no contestó a las acusaciones de su hijo, lo único que hizo fue salir de la habitación del rubio. Y cuando llego a la sala común se encontró con Cygnus sentada frente a la chimenea leyendo un libro.
Lucius no pudo evitar detallarla por un rato.
La rubia giró su cabeza al sentir que era observada, y se topó con la mirada de Lucius Malfoy. Ella le sonrió inconscientemente y esto era raro, porque ella nunca les sonreía a personas que recién acababa de conocer. Sin saber que esta sonrisa confundiría mucho más a Lucius.
Esa sonrisa es igual a la de Draco, pensó el hombre.
La rubia dejo el libro sobre el sofá y se acercó a Lucius.
—¿Se encuentra bien, señor Malfoy? —preguntó Cygnus al ver a Lucius más pálido de lo que lo había visto hace unos momentos.
—Sí, me encuentro bien —respondió con altivez, volvió a observarla. Lucius observó tan penetrantemente a la chica que inmediatamente las mejillas de la chica empezaron a teñirse de carmesí—, que tenga una linda tarde, señorita —para luego salir de la sala común.
—Qué hombre tan raro —murmuró Cygnus.

***

Ya habían pasado varios días desde la visita de Lucius Malfoy, y desde ese día Draco paraba de mal humor, y también solía desaparecer muy seguido.
Astoria había intentado muchas veces hablar con él, pero Draco la evadía cada vez que podía. Y una vez que le preguntó a donde se metía cada vez que desaparecía, él le contestó de mala manera: «Metete en tus asuntos, Greengrass».
Pero ni siquiera eso la hizo desistir, ella quería saber a dónde iba Draco, y porque regresaba de mejor humor, eso la hizo sospechar de qué se trataba de una mujer.
—Ninguna maldita me quitara a mi hombre —susurró Astoria una noche que vio entrar a Draco a su sala común, con una sonrisa que nunca había visto en él antes.
Así que desde esa noche Astoria decidió ser la sombra de Draco, siempre lo vigilaba, pero para su disgusto el rubio se comportaba naturalmente el en Gran Comedor y en su sala común, lastimosamente no podía vigilarlo en clases, y sonsacarle información a su hermana era difícil, ya que su hermana se empecinaba en que debía fijarse en alguien más y que dejara en paz a Draco.
—Maldita, maldita, maldita —refunfuñaba Astoria, en una zona de su sala común donde no alumbraba mucho.
—¿Para quién son tus halagos, querida? —preguntó burlonamente Zabini.
Astoria se volvió lentamente y le dedico una mirada fría al moreno. Este ni se inmuto, es más sonrió.
—Lárgate de aquí, Zabini —siseó la chica.
—Esta también es mi sala común, mi amor.
Astoria apretó los puños, volvió a observarlo de mala manera y cuando se disponía a levantarse e irse, la mano de Zabini la tomo por la muñeca.
—Tal vez yo pueda ayudarte —dijo de una forma insinuante.
—Hoy día no tengo ganas. Me repugnas —dijo Astoria haciendo una mueca de asco, pero sin intentar soltarse del moreno.
Zabini soltó una carcajada, llamando así la atención de unos chicos de tercero.
—Suéltame, imbécil —susurró Astoria.
—No seas tan arisca, mi amor —dijo Zabini a la vez que empezaba a hacer caricias en la muñeca de Astoria—. Y yo que te tenía una buena noticia —Astoria alzo una ceja de manera interrogativa—, sobre tu “prometido”.
—¿Draco? ¿Qué sabes de él? —preguntó con ansiedad.
Zabini sonrió
—¿Me darás mi recompensa cuando te diga lo que he averiguado?
Astoria sonrió con coquetería.
—Por supuesto, Blaise —aseguró con voz melosa—. Pero por favor, anda, dime lo que sabes de Draco.
—Bien, como te he visto tan desesperada. Querida debes controlarte más —aconsejó, mientras que Astoria sonreía por fuera quería matar a Zabini por dentro—. tú has querido saber dónde se metía Draco cuando desaparecía —hizo una pausa midiendo la paciencia de la chica—, pues como yo lo conozco más que tú; esto no te va a gustar…
—Quieres decirme de una vez que es lo que sabes —dijo Astoria fingiendo amabilidad.
—Está bien, tu querido Draco se la pasa metido en esa sala del séptimo piso, ¿cómo era que se llama? —preguntó.
—La Sala de los Menesteres —recordó Astoria.
Zabini asintió.
—Sí, pues bueno, Draco se la pasa allí con una compañía que creo que no será de tu agrado —cizañó.
—¿Con quién? —se apresuró a preguntar Astoria.
Zabini se quedó callado, disfrutando de la ansiedad de Greengrass.
—¡Dímelo de una vez!
—No, creo que será mejor que tú lo averigües por ti sola.
Astoria no dijo nada más y nuevamente se iba a levantar para irse, pero nuevamente Zabini la detuvo.
—Ya no está allí, lo vi salir a él y a su amiguita hace rato. Mejor espera a mañana.
—Déjame —dijo Astoria.
—No, mi amor, me debes mi premio —dijo Zabini mirando lascivamente de pies a cabeza a Astoria.
Astoria hizo un gesto de molestia.
—Pero antes dime, ¿cómo supiste donde estaba Draco? —preguntó.
—Pues muy fácil, cariño. Yo si presto atención a esas señales que pasan desapercibidas para otros —contestó Zabini con una sonrisa de triunfo—. Ahora sí, quiero mi premio.
—Está bien, vamos —dijo Astoria, y muy sigilosamente Zabini y Astoria se dirigieron a la habitación del primero.

***

En otra parte del castillo, más exacto en el baño de chicas; Ginny Weasley entraba al baño, cuando de pronto escucho una conversación.
—¿Y se les ha vuelto a ver juntos? —preguntó Padma Patil.
—Sí, pero nada comprometedor —le contestó su melliza.
—No sabes cómo me indigna todo esto, engañar a una chica como ella —dijo Susan Bones.
—Todos son iguales —dijo Padma.
¿De quién hablan? ¿A qué chica engañan?, se preguntaba Ginny.
—Pero ¿por qué? No lo comprendo —dijo una chica de sexto curso, del cual Ginny no reconoció la voz—, que le vio a esa serpiente.
—Tienes que reconocer que la chica es hermosa —dijo Susan—, casi parece una muñeca. ¿Le habéis visto como le brilla su larga cabellera rubia?
—¡Susan! —le reprochó la voz de Hannah Abbott—. La belleza no lo es todo, y los sentimientos ¿qué?
—¡Además, Ginny también es muy hermosa!
Ginny quedó petrificada cuando escucho su nombre de los labios de… ni siquiera podía saber quién era la chica que había dicho su nombre. Lo único que sentía era un tremendo dolor que se instaló en su corazón.
¿Acaso estaban tratando de decir que Harry… que su Harry la engañaba con otra?
No, no, eso no podía ser verdad, de seguro que no lo era. Simplemente no podía creerlo. Harry no la engañaría, él no había cambiado con ella, él seguía igual de amoroso y atento —inclusive más desde que se enteró que estaba embarazada—. Él no podía hacerle esto ahora cuando estaban a punto de formar una familia.
Las lágrimas empezaron a resbalarse por sus mejillas, mientras se negaba a creer lo que había escuchado.
—Esa maldita serpiente —dijo Parvati—. Desde que llego a Hogwarts se hizo muy cercana a Harry. No puedo creer que hasta haya puesto sus pies en mi sala común.
—Las serpientes nunca dejaran de ser lo que son. Y Cygnus…
—Cygnus —repitió Ginny con asombro—. No con ella.
Y de pronto todo se le puso negro a Ginny, y cayó al suelo en un golpe sordo. Las chicas que estaban aún hablando, pararon para correr hacia el sonido del golpe. Y cuando vieron a Ginny Weasley tirada en el suelo, todas se miraron con culpabilidad.
—¿Crees que nos haya escuchado? —preguntó Susan, con temor en la voz.
—No lo sé —respondió Hannah sin quitar la vista de Ginny.
—Eso no importa —les dijo Parvati—. Debemos llevarla a la enfermería.


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